Sinforiano, el barbero cantor
Octubre 6, 2008 Narrativa urbana Sin Comentarios
“Uno debe tener siempre dos profesiones. Cuando a mí me dicen: usted es muy mal peluquero, yo contesto: ¡no, es que yo soy músico! Y cuando me dicen: hombre, usted es muy mal músico, digo: ¡no, es que yo soy peluquero!”
Esa es la clave de Sinforiano Antonio Marín Granada, el de la Barbería Londres, de la cual algunos afirman que se trata de la más antigua de la ciudad, entre las vigentes. Y siempre ha estado en el mismo sitio: Boston, cerca del parque. Marcada con el número 56-23 de la carrera 39. Fue fundada en 1951 por Valentino Galeano, un hombre de noventa y siete años que dejó el oficio y la barbería hace seis para cedérsela en arriendo a Sinforiano.
Sinforiano nació el cuatro de abril de 1939. En un pueblo del Valle del Cauca llamado San Francisco, corregimiento de Toro, tan pequeño que ni sale en el mapa. Sus padres lo llevaron temprano a Quimbaya -entonces municipio de Caldas y, desde 1966, del Quindío-, al cual considera su patria chica, pues la patria es la infancia, como decía Gabriela Mistral.
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Rosa González, una de las cuatro aguacateras de Palenque que se sitúan en los alrededores de la Plaza de Mercado de Envigado, es dicharachera y locuaz.

“En esa cama hacíamos pereza”. “¿Cuál cama?”, les pregunto. Sólo veo una cantidad inverosímil de muñecos de trapo, en un espacio un poco más ancho que el de la entrada, bajo las escalas que suben a la casa del segundo piso. Y más arriba, en repisas, cerros de tazas y platos de loza y porcelana, como en un almacén. “Es que debajo de todo eso hay una cama –explica Marta-. Incluso cuando estaba brava, ¿no cierto, amor?, dormía en ella y lo dejaba a él solo en la otra”.
Alejo Durán estaba visiblemente desesperado. Todo estaba listo para su presentación, en una caseta de Ayapel, pueblo de la zona donde era el rey. La plaza llena de gente, los músicos en la tarima del bazar de San Isidro, todo. Pero su bajista nada que llegaba.
Alegorías de lo humano, los maniquíes poseen algo misterioso. Una incógnita parece iluminar sus miradas, sus gestos, sus movimientos congelados, sólo por el hecho de que los hemos dejado parecerse a nosotros, bípedos vestidos que damos la impresión de estar descongelados.