La ‘carnicidad’ de Manuel

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La víspera de la última gran inundación de Nechí, salimos de este municipio cuando la tarde iba a acabar. Truenos lejanos anunciaban aguacero. Abordamos una camioneta en la terminal de transporte, un terreno situado a dos cuadras de la Alcaldía. Colmada la doble cabina, ocupamos puestos atrás, con alguna carga entre la que había una nevera de icopor llena de pescados, que un pescador vendería en Caucasia.

Nechí,Antioquia

Yo había ido a cubrir la premiación de un concurso de cuento. Estaba acompañado por Daniel Álvarez, un licenciado en español y literatura, encargado del concurso. En el auto, él estaba ya relajado, sentado en la banca situada frente a la mía, después de las actividades del día, tomando fotografías a las aves silvestres que iba viendo en la vasta llanura, en la cual a veces también se veían vacas y toros cebúes pastando.

Un hombre venía con nosotros. Estaba sentado a mi lado y frente a Daniel. Amable, señalaba al fotógrafo algunas aves que él alcanzaba a ver desde su lugar. “Ese es el pisingo”, le dijo…”

Aunque no había lodo y la carretera estaba seca en su mayor parte, tampoco había polvo. Nos detuvimos a surtir combustible en una estación de gasolina. Daniel y yo descendimos del auto y aprovechamos para tomar fotografías de un callejón anegado, al final del cual, unas dos cuadras después, había una montaña de bultos de arena que los lugareños tenían dispuesta para evitar que el río rompiera el muro de contención que los protegía de la creciente. El otro pasajero no se bajó del auto. Cuando Daniel y yo volvimos a subirnos, él estuvo callado mientras hablamos de política y volvió a hablar cuando el tema fue de nuevo la Naturaleza. Nos contó por donde iba la vieja carretera, nos señalaba el río a lo lejos, nos señaló algunos trasmallos que pescadores instalaron en una ciénaga a bordo de la vía; mejor dicho, no una ciénaga sino un charco grande que se forma con las lluvias, y nos aseguró que en esas aguas superficiales había peces. Los mismos que pescaban en el río. Y contó que su nombre era Manuel. Que era oriundo de Sahagún. Se enorgulleció notablemente cuando observé que Sahagún tenía fama de ser un municipio ilustrado y lector.

Con ese hablar sereno de los costeños que saben mucho de la vida por andariegos y por andariegos se van volviendo buenos conversadores, Manuel contó que ha caminado medio país negociando frutas y verduras. A Cali lleva limones; de Medellín carga cebolla, tomate, repollo, lechuga papas y así, cosas de tierra fría para vender en el Bajo Cauca. En Caucasia, donde vive, suele ir por ahí, por los barrios, empujando una carretilla colmada de frutas o legumbres en los días que no viaja a ninguna parte. Precisamente, ese día regresaba de Nechí tras haber vendido varias cajas de mandarinas.

“¿Aquel es el pato chapucero?”, le preguntó Daniel. “Sí, ese es el que se chapucea”. “El que yo quisiera ver es el chavarrí –exclamó el licenciado fotógrafo-. Un niño lo mencionó en un cuento y quedé antojado de conocerlo”.

“Cuando vivía en Sahagún tuve toda clase de pájaros –contó Manuel-. Sinsontes, turpiales, mochuelos, pericos, calandrias… de toda clase de pájaros. Una noche, borracho, le di una cachetada a una mujé que me dio una insultada la macha. Un policía me cogió y me llevó al calabozo. Pasé allí en esa jaula desde las nueve de la noche hasta las tres de la tarde del otro día. ¡Pero, qué va, esas horas yo las sentí como tres meses! Tanto que le prometí a mi Dios que si me soltaban ligero, iría a mi casa y dejaría libres los pájaros. Y así lo hice. Entendí el valor de la libertad. Esos pájaros estaban en una cárcel por mi voluntad. Después, cuando iban tipos a la casa a preguntar por algún pájaro, les contaba esta historia y pensaban que me había enloquecido. Pero fue que yo pensé en el calabozo que los pájaros son como los humanos: los encierran en una jaula y terminan por resignarse al encierro porque ahí tienen agua y comida, pero nada más”. Volteando la cabeza, Manuel señaló con el dedo una garza azul.

Nechí, Antioquia

La carretera formó una ye. Nuestro auto tomó la senda de la derecha. “Si uno sigue derecho –informó Daniel- llega a Colorado, un caserío que yo conozco”.

En este sitio comenzó el pavimento. Manuel dijo que, hace mucho tiempo, la carretera destapada le causó una enfermedad. Trabajaba de ayudante de bus de escalera. Solía irse arriba, en la parrilla, con la carga. “El polvo del camino me iba entrando en las vistas y fue formándome una ‘carnicidad’. Y usté sabe, esa ‘carnicidad’ lo ‘ciega’ a uno. Pero un día, años después, en Turbo, un hombre me dijo: si no quiere quedar sentado en un taburete, ciego, inservible, échese en los ojos una gota de jugo de noni. Cueste lo que cueste. Un día en un ojo y el otro día en el otro”.

Manuel no ha parado de hacerse el remedio desde hace tres años. Y está convencido de que ha habido mejoría.

La amenaza de lluvia quedó en Nechí. A medida que nos acercábamos a Caucasia, el clima se hacía neutro. La tarde también quedaba atrás. Iba oscureciendo lentamente.

También en los viajes, hablando con todo el mundo, manuel habá aprendido remedios para muchos males. Aprendió que la miel de abeja –el decía miel de oveja-, es una maravilla de la Naturaleza. La recomienda para los hongos que atacan a los costeños como él cuando se internan varios días en tierra fría.

Para lo que no sabía el remedio era para la hepatitis. De haberlo sabido no hubiera estado a punto de morirse y, sobre todo, no hubiera tenido que gastar tanta plata como gastó. Fue al médico. Hasta en Cereté tuvo que mandar a conseguir las ampolletas que le recomendó el doctor. Tras unos meses de cama y tratamiento, todavía amarillo, quedó sin dinero para las últimas medicinas. Y ni qué decir de la comida de la casa. Pero Dios no abandona a nadie. Iba por la calle, después de haber comprado la bendita ampolleta, apenas con quinientos pesos en el bolsillo, cuando, al pasar por el mercado, un muchacho le ofreció una boleta a rifa de 200.000 pesos. “Cuánto vale, men?” “Quinientas barras, no más”. Y ahí fue a dar la última moneda de Manuel.

Al día siguiente, el muchacho fue a buscarlo para informarle que había ganado. “¡Mierda! ¡Y yo que boté la boleta!. Vamos a ver. Si mi suegra le echó candela a la basura después de barrer, estoy jodido, mi hermano”. Manuel vació la caneca de la basura y, entre cáscaras de plátanos y papeles higiénicos y papeles inútiles, halló el papelito de la suerte. Fue a cobrar.

Finalmente, se alivió. En la última consulta, el médico le recomendó que estuviera por ahí un año y medio sin beber licor. Y así lo hizo. Esta es, sin duda, su más grande hazaña porque “eso no lo hace todo el mundo”.

A los dos años un compadre lo invitó al bautismo de un hijo. “Déjeme yo le pregunto al doctor si puedo tomar”, le contestó. El médico le respondió que no había problema, pero que bebiera con mesura.

Fue a la fiesta y metió tanto ron y se dio una juma tan grande que no supo quién diablos lo llevó a la casa.

“Ajá, era que llevaba ¡dos años sin bebé, no joda!” Fue al médico con dolores de hígado y de cabeza y éste lo regañó. Tomó Alka Seltzer y esa vaina, dijo señalando la región del hígado, se calentó tanto que tal vez por eso circuló el alcohol. Es una sensación tan desagradable, que no volvió a beber. Sólo de vez en cuando se toma una cerveza para la sed.

Nechí, Antioquia

La camioneta se detuvo. Uno de los hombres de adelante fue a la parte trasera a sacar la nevera del pescador y los pasajeros debimos apearnos para que él tuviera espacio. Cuando nos subimos de nuevo, el hombre regresó con la nevera: se había equivocado: no era el pescador el que había llegado a su destino, sino otra persona. Volvimos a descender para que el ayudante subiera otra vez la nevera y sacara el equipaje del pasajero que sí había llegado.

 

En breves instantes vimos a un tipo gordo y bajo de estatura parado entre nosotros diciendo que su maleta era la azul y que se quedaba allí para esperar el colectivo que lo llevaría a La Apartada, donde tomaría otro que lo llevaría a Ayapel, su destino. Entonces me di cuenta de que había oscurecido del todo y de que habíamos llegado a la troncal.

El automotor volvió a moverse. Manuel contó que no va a El Bagre. Se asoció con un tipo de allá para establecer un puesto de frutas y verduras en el mercado, cerca del puerto. Aportó un millón de pesos que pagó al diez por ciento mensual. Pero al mes, el tipo aquel no hablaba de repartir ganancias y ni siquiera del estado del negocio. Manuel dormía en el puesto de frutas, ahí en la calle, mientras el bagreño lo hacía en su casa, entrepiernado con una mocita que tenía en esos días. Cuando nuestro hombre reclamó a su socio, éste lo amenazó de muerte. Si vuelve a El Bagre, le advirtió, le tendería una trampa. Manuel ya les dejó una carta a sus hijos y amigos para que sepan que si algo le sucede se debe al tipo aquel.

Ya pagó el millón. Y una carretilla del socio que le quedó, la venderá en Sahagún para obtener por ella siquiera 200 mil pesos. “Del ahogado el sombrero”.

Manuel hizo detener el auto con un silbido. Se apeó, fue a pagarle al conductor por la ventanilla. Y se despidió. “Aquí me quedo muchachos. Tal vez nos veamos otro día”.

Sólo en ese instante, Daniel se dio cuenta de que estaba adolorido por estar tanto rato en esta posición y se le hicieron largos los dos kilómetros que hacían falta para llegar al hotel. Yo no podía dejar de pensar en las palabras de Manuel. En todas. ‘Carnicidad’ quedó retumbando en mis oídos.

Las mujeres de las neuronas dormidas

Narrativa urbana 1 Comentario

En sus siete años como prostituta no hubo una noche en que el miedo, el asco y la vergüenza desaparecieran. Y con ellos forcejeando en su interior como cuatro potros que tiraran de una misma cuerda para distinto lado, menos para adelante, Nancy tenía que acercarse a los hombres para dejar que ellos hicieran con ella lo que quisieran.

Había llegado a las cantinas movida por una vecina suya, a quien veía salir cada noche “muy titina”. Ella, que administraba como podía una miseria que no le alcanzaba para nada, le preguntó cómo diablos podía hacer para mantenerse así. “Pues, en los bares –le contestó-. Los hombres son muy amplios y te dan lo quieras: plata, ropa y hasta comida”.
 
Nancy vivía en Castilla y tuvo un hijo a los 19 años con su novio adolescente. Pero el estorbo éste no respondió nunca en la manutención del niño. Desde el principio le dijo que quería vivir como soltero y que con él no contara. “Así como dice la canción de Johnny Rivera, que suena tanto. ‘Soy un hombre soltero, no tengo compromiso, para ir a la calle yo nunca pido permiso’. Ese es el pensamiento de muchos”.

Estaba cansada de llevar solicitudes de empleo a todas partes y de recibir negativas. En su casa, su papá, su mamá y su hermano le pusieron un ultimátum: ¡aporta dinero o se va con su niño! Estas cosas la empujaron a aceptar la propuesta de su vecina: “No seas boba; esto es bueno”.

La vergüenza. Nancy estaba acosada por este sentimiento, aupado por los valores morales que le habían inculcado en casa. “Que se vinieron al piso cuando, soltera, tuve el hijo”. Su madre, de joven, había sido monja. Hizo parte de una comunidad en Venezuela. Sólo que un día su vocación se fue al traste cuando, en una visita a sus padres en Medellín, se encontró con un hombre que cambiaría su vida. Colgó lo hábitos, se casaron y tuvieron dos hijos. Esa mujer educó a sus hijos en los valores cristianos. Les enseñaba catecismo. Nancy quiso llegar a ser monja y, siendo niña, rogó a su madre que la internara en un convento.

Por eso, durante el ejercicio de la prostitución, siempre sintió que estaba en pecado. Y trataba de ocultarse. Ejercía en Caldas o en municipios del Oriente antioqueño; nunca en el centro para evitar que alguien conocido, la viera. Su hermano trabajaba en el centro y entraba a los bares. “¡Qué tal que me hubiera visto un día!”

Nancy inventó desde el principio una mentira para camuflar su oficio ante sus padres, hermano e hijo. Les armó el cuento de que trabajaba con una señora vendiendo ropa en los pueblos. Así hasta justificó una ida a Guaviare, que duró un año. En San José del Guaviare, las cantinas son enramadas armadas de cualquier manera. En un potrero situado al lado de la vía, un cantinero puede tener su negocio sin paredes ni puertas, con mesas apenas cubiertas con quitasoles y suelo de tierra. Y las motocicletas y los autos pasan a un lado de las mesas, porque no se distingue interior y exterior. Son fondas al aire libre.

En casa estaban felices. “Yo era como el banco. Mi mamá me decía que debía en la tienda de la esquina el diario de varios días; mi papá me recibía dinero para sus cosas, y mi hijo, estiraba la mano para recibir lo de su mecato (pero, claro que él estaba muy chiquito)”.
Entre tanto, Nancy seguía desdeñando su oficio. Nunca dejó de echar de menos el estudio. Cuando terminó la primaria, su papá le dijo que para qué quería cursar el bachillerato. Que una mujer no necesitaba estudiar. Que en cualquier momento hallaba un hombre, ojalá trabajador, que la mantendría.

Y a veces, en sus noches de cantina, a hombres que parecían sensibles, se atrevía a contarles que ella soñaba con estudiar. “Pero en esos ambientes, nadie le escucha a una”. Y sus compañeras la llamaban a un lado para preguntarle vos qué bobadas le estás diciendo a ese tipo, convencete querida de que a nadie le interesa.

La voz de su padre diciéndole que para qué estudiaba. Los hombres valorándola sólo por su cuerpo… Terminó por pensar que ella no servía para nada. ¿Pensar? La voluntad y el pensamiento no se necesitan para prostituirse –le decían.
¿Oportunidades? No creyó mucho cuando una amiga le habló de una oenegé dedicada al apoyo de las mujeres de la calle. Pero una vez llegó allí, sólo como por no dejar, y recibió saludos y besos y abrazos y percibió que nadie le censuraba y en cambio le escuchaban sus problemas con atención, fue creyendo. Estudió bachillerato, luego se hizo técnica en sistemas. “Dije sistemas porque yo creía que no era capaz con otra cosa” y después no le sirvió para encontrar empleo. Más tarde, adelantó una tecnología en farmacia –“escogí tecnología, porque creía que no era capaz con una carrera”- y esta tecnología la tiene trabajando orgullosa en una droguería de un hospital oficial y alejada de la prostitución. Ahora sueña con llegar a la universidad a terminar la profesionalización.

“La prostituta es una niña –reflexiona Nancy-: no piensa, la voluntad la tiene dormida y se va con quien la tome del brazo. No decide, las neuronas están como dormidas. Hoy que estoy recuperada siento como si las neuronas estuvieran despiertas otra vez”.

La última lágrima

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Y para despedir el mes de difuntos como se merece, voy a contar la historia de La Ultima Lágrima. El lugar en que el más viejo fue un enterrador de leyenda y una de sus hijas es Juana, la enterradora. Un lugar en el que la muerte no es causa de desasosiego Y los espantos son juego de niños.

Está situado justo al lado del Cementerio de Envigado. Hasta hace unos años, en un local aledaño, funcionó la morgue, la misma que allí están volviendo a construir.

El enterrador, Víctor Londoño Vanegas, a sus 96 años, recuerda su época del cementerio como la dorada. Fue amigo de Fernando González y lo llevó a la tumba; del médico filántropo Francisco Restrepo Molina y también lo enterró. Pero es que quién diablos se habría de salvar de sus garras si hasta enterró a su segunda esposa, María Evangelina; así como a la primera, cuyo nombre habita el olvido, a dos hijos y a dos nietos.

A María Evangelina va a visitarla los domingos. Su yerno, Óscar, empuja su silla de ruedas, pasándolo por bóvedas abiertas a las que el viejo enterrador echa un vistazo y dice que están muy buenas, y lo lleva hasta la galería de osarios en una de cuyas lápidas de mármol se lee:

María Evangelina Mejía de Londoño.
Julio 25 de 1978

Y Víctor da dos-tres golpecitos con la palma de la mano, como si tocara la puerta, y reza en voz baja un Padrenuestro.

Todo hay que decirlo, Víctor fue un tipo travieso. Tal vez como nació un 31 de diciembre, él ha conocido los excesos del licor. En la época de los mafiosos escandalosos, no faltaba el que le decía: “manteneme bien bonita la tumba de mi mamá, viejito, las flores frescas” y le daba una botella de guaro que él, tras destaparla y verter en el suelo el consabido chorrito de la Ánimas del Purgatorio, escondía en algún lugar ignoto para los demás mortales.

Una vez, estando a media caña, como suele decirse, la caída de un rayo le hizo tragar la lengua, pero esto no pasó de un susto.

Se amarraba unas borracheras que hacían vociferar a María Evangelina.

El preguntaba: ¿para qué aguantar cantaleta teniendo para mí un lugar tan tranquilo? Y conducía sus pasos al cementerio, buscaba una bóveda vacía y, sin misterios, ¡allí se metía a dormir!

A los 10 hijos no parecía asombrarles las ocurrencias de su padre.

Para esta familia, los muertos han sido vecinos y amigos. De chicos, sus juegos diurnos se  basaban en correr sobre las leves lozas de las galerías, volar de una a otra y hasta esconderse en las tumbas para que los otros no los encontraran.

Y los nocturnos, en aprovechar la profunda oscuridad del sector, que ayudaba a mantener la misteriosa atmósfera de las leyendas del Envigado pueblerino de hace cuarenta años, cuando muy pocos se atrevían a pasar, al menos no en soledad, por ese cementerio, del que decían se veían las Ánimas tal como las describe la vieja Novena de Difuntos. Se escondían en un frondoso árbol cercano a la puerta y, envueltos en sábanas blancas, asustaban a los transeúntes, especialmente borrachitos trasnochados.

 

Juana, la enterradora, era la mano derecha de su madre. Fundó con ella el estadero La Última Lágrima, en 1963. Una ramada de latas entre las que destacaba el nombre. Las procesiones de entierro paraban allí.

Viudas y huérfanos y amigos llorosos llegaban a pedir rancheras y canciones fúnebres, que les recordaran al difunto. Y a veces hasta metían el ataúd, con todo y muerto, al negocio para que él oyera sus canciones. Era que, en vida, éstos habían dejado dicho que los llevaran al estadero, como paso previo al cementerio.

Juana no hizo caso a su corazón, dice con tristeza. No se fue al convento. Se quedó en casa criando a sus hermanos, haciendo las diligencias, atendiendo las matrículas de los colegios, todo, y atendiendo el estadero. Por eso, ella cree que haber enterrado a cinco compañeros sentimentales no es otra cosa que un castigo de mi Dios.

El primero fue un novio, William, se suicidó, envenenándose con totes; el segundo, Antonio, murió de cáncer en la sangre; el tercero, Luis Carmona, carnicero, se  accidentó en una carretera; el cuarto, Pedro Claver… ¡No, por  Dios! Es una cadena trágica. Al  último, Bernardo Espinosa, le dio por suicidarse en la misma puerta del cementerio hace apenas dos años. Se tragó unas cápsulas de cianuro. Ya él venía con un cuento obsesivo de que si ella había enterrado a los otros cuatro, a él también lo  enterraría.

 

La Última Lágrima y la vivienda de Víctor Londoño son hoy de material. En noviembre, especialmente el primero que es Día de Difuntos, se llena el negocio. Cuatro gallinas blancas, sucias de polvo, caminan orondas, impávidas, por este lugar de lágrimas.
         
         (Crónica escrita en 2006.   Publicada en El Arca de Noé. Envigado, Biblioteca Escritores de Envigado,  2008)

Un disfraz para olvidar

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Ahora se ríe de sí mismo y de la situación, pero ¡cuánto sufrió, por Dios, con ese disfracito que la mamá le dio por ponerle cuando él era un chiquillo de cinco años!

Era de payaso. No sabe qué diablos era lo que veía la gente en él, sobre todo los otros niños, que apenas lo miraban se desternillaban de la risa y lanzaban burlas. Lloró un rato sentado en la acera.

Esteban Giraldo es un muchacho de Itagüí, que por estos días valida el bachillerato en un instituto comercial.

 

Ayer caminaba por una calle céntrica en compañía de Luisa Fernanda Pino, compañera de clases, y ella reía oyéndolo contar la anécdota. Reía -como si ella no hubiera tenido infancia, como si no hubiera sufrido con situaciones parecidas, como si nunca hubiera hecho el ridículo- cuando él continuó su relato enumerando los disfraces que había vestido: El Zorro, Peter Pan…

 

El que más disfrutó, dicho sea de paso, fue el de El Zorro. Las calles de Itagüí, donde creció, lo vieron desenfundar la espada luminosa y trazar, lo menos torpemente que le permitía su recién estrenada habilidad, la zeta en el aire oscuro de la Noche de Brujas, mientras cantaba la invariable canción: triqui, triqui Halloween. Quiero dulces para mí. Si no me das te rompo la nariz.

Luisa se animó a contar lo suyo. Dijo que también anduvo por esas mismas calles disfrazada de Blanca Nieves, muñequita, Fresita… Que odia con todas sus fuerzas ese tonto disfraz de muñequita, porque desde el momento en que su mamá le ayudó a vestirlo, se sintió ridícula. En la calle, los dedos señaladores y los dientes burlones terminaron por confirmarle su impresión.

 

Pero díganme ¿cómo hace uno para entender que el disfraz que más le gustó fue el de Fresita? Porque no vayan a creer que se trataba de una fruta roja en cuyo interior ella incrustaba su humanidad, y provista de cinco huecos para que sacara su cabeza y sus extremidades. No. Fresita era una muñeca que ocupó espacio en la Casa de Muñecas de muchas niñas y, claro, en la de Luisa también. ¿Por qué? Pues porque el vestidito -dice ella- era más bonito…

Juan David García tiene 25 años y puede decirse que nunca ha parado de disfrazarse un 31 de octubre.

Fue Superman, Robin Hood, Príncipe Azul… cuando era un niño y se conformaba con el vestuario que le mandaba a hacer su mamá. A los veinte años fue colegiala, usando un uniforme de su hermana, pero este traje es difícil de llevar: debe uno estar siempre acompañado por otros iguales; de lo contrario, no resiste las burlas.

Y Kelly Gutiérrez, ya disfrazada de coneja, creció en los barrios Playa Rica y El Progreso, también en la Ciudad Industrial, recuerda con cariño sus disfraces de ratona, bailarina española, mujer árabe… Pero quiere arrojar varias veces al fuego del olvido para que no queden ni cenizas, el de Chilindrina, que ella tuvo que inventar un octubre en que su mamá no le dio disfraz.

Dónde poner los ojos

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Esa inveterada manía de los humanos de no querer mirarnos porque la mirada nos intimida, ofende o excita, hace que busquemos siempre un sitio donde posar la vista.

En los buses es más fácil que en el metro. Allí, las sillas están dispuestas para dos personas que le dan la espalda a otras dos que le dan la espalda a otras dos… y, así, uno puede irse viendo por la ventana lo que pase. En el “peor” de los casos mira la nuca de quien va adelante y soporta que le miren la suya los de atrás. En un bus, hasta los que van de pie pueden mirar por la ventana sin que se choquen mucho las miradas; siempre y cuando no vayan en una fila metida entre otras filas, como jamón de emparedado, pues, en ese caso no puede hacerse más que sujetarse da algún pedacito de tubo libre, para no tener que irse en cada frenazo contra el sujeto que se sujeta de uno o que le impone alguna parte de su humanidad.

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El nombre sí importa

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Poéticos unos, grotescos otros, evocadores los demás, simples o impronunciables otros tantos, los nombres de los negocios son la poesía incoherente de las calles. Entran en el imaginario de la gente como los de las personas.

Los seres humanos tenemos una gran pasión por nombrar. Darle nombre a las cosas y los animales nos pone en la dirección de creadores, de reinventores de seres porque con el tiempo, cuando un nombre está bien aherrojado en un imaginario común, termina por ser tan importante como la cosa que nombra y ésta parece no poder existir sin aquél.

El lingüista Ferdinand de Saussure creyó dejar claro –cuando contribuyó en la invención del siglo veinte- que la cosa y la palabra que la nombra tienen una relación arbitraria; no una relación directa, mejor dicho. Pero como que no le creímos del todo porque el nombre se va metiendo en la esencia misma de la cosa nombrada, se convierte en su tuétano o en su alma.

La verdad no nos podemos imaginar cuerpos por ahí andando innombrados. Nos parecería que van por ahí a la deriva como canoas vacías en altamar, juguetes de olas y vientos.

Hay que fijarse en el dilema que tienen los padres para nombrar un hijo. Hay que ver el problema que tienen los hijos para nombrar una mascota.

Y no menor es el de los empresarios, pequeños o grandes, para bautizar su negocio, pues, con él esperan seducir a la humanidad –al menos a la más cercana- para que vaya a visitarlo y deje en él billetes que mantengan llenas sus arcas.

En esto de los nombres de los negocios es que quiero que pongamos los ojos un momento. ¿Quién de nosotros ha celebrado la belleza y el ingenio reflejados en ciertos nombres de negocios? ¿Quién también no ha vituperado el cerebro obtuso del que se le ocurrió cierto desafortunado nombre? Porque no digamos mentiras: el nombre sí importa.

Y en esta materia, hay de todo.

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Las muertes simples

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A veces los dioses, o los Ángeles de la Guarda, como que se confunden y dan a unos una muerte indigna, una muerte más bien ridícula, que no corresponde a una vida decorosa que llevaron, en la que se registran hazañas o, al menos, actos útiles a la humanidad y el Universo.

Durante la vida, los humanos pasan haciendo cosas significativas que le den sentido a la existencia. Esta búsqueda de significación debería hacerles merecedores, también a muertes poco ridículas. Pero a veces, las muertes más simples y absurdas salen al paso.

Hace unos días, Juan Diego Toro, un muchacho de 19 años, muy deportista, estudiante de una universidad privada de Medellín, murió a causa de un golpe en cabeza, al estrellarla con fuerza contra la rodilla de uno de sus compañeros del inocente juego del Pañuelito. Un juego de niños, que consiste en que dos grupos de jugadores van destinando cada uno a uno de ellos para que compita con el adversario por agarrar primero que el otro un pañuelo –limpio, claro está; no moqueado-, que descansa en el suelo.

Hace más días, en un bar, escuché a unos viejos hablar sorprendidos de la muerte de uno de sus amigos. Tan aliviado que mantenía – se sorprendían-y, en una ida a la finca de su hija, murió arrancando una yuca.

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Sinforiano, el barbero cantor

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“Uno debe tener siempre dos profesiones. Cuando a mí me dicen: usted es muy mal peluquero, yo contesto: ¡no, es que yo soy músico! Y cuando me dicen: hombre, usted es muy mal músico, digo: ¡no, es que yo soy peluquero!”

Esa es la clave de Sinforiano Antonio Marín Granada, el de la Barbería Londres, de la cual algunos afirman que se trata de la más antigua de la ciudad, entre las vigentes. Y siempre ha estado en el mismo sitio: Boston, cerca del parque. Marcada con el número 56-23 de la carrera 39. Fue fundada en 1951 por Valentino Galeano, un hombre de noventa y siete años que dejó el oficio y la barbería hace seis para cedérsela en arriendo a Sinforiano.

Sinforiano nació el cuatro de abril de 1939. En un pueblo del Valle del Cauca llamado San Francisco, corregimiento de Toro, tan pequeño que ni sale en el mapa. Sus padres lo llevaron temprano a Quimbaya -entonces municipio de Caldas y, desde 1966, del Quindío-, al cual considera su patria chica, pues la patria es la infancia, como decía Gabriela Mistral.
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Da hambre rezar

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Bandeja, pesebre, cazuela de fríjol, María Auxiliadora, chicharrón, sacerdote Ramón Arcila.

Ésta es la composición de un mural en Sabaneta, junto a la iglesia de Santa Ana.

Y así, hubiera querido o no su artífice o sin querer queriendo, este mural resumió la economía de este municipio, el más pequeño de Colombia.

En fondo blanco, de colores deslustrados y ya carcomidas por el tiempo, están esas imágenes religiosas. Los nombres de las comidas son letreros -esos sí muy lustrosos- intercalados entre ellas.

Pertenecen a un restaurante situado junto al templo, en el que se ve una cortina de chorizos y al pie del busto de José Félix de Restrepo, que hace equilibrio en un delgado pedestal.

Y pensar que ambas actividades nacieron el mismo día de 1968, cuando a Nevardo Montoya se le apareció la Virgen y se la hizo ver a los demás.

Y desde ese momento, el entonces abandonado corregimiento de Envigado, de calles polvorientas y escaso movimiento, comenzó a desarrollarse atrayendo turistas que rezaban y comían, comían y rezaban.

Así, pues, desde entonces, lo que expresa el mural es cierto porque en ese municipio de 15 kilómetros cuadrados hay por todas partes ventas de velas, chorizos, novenas, morcilla, medallitas, pasteles de pollo, escapularios, papitas fritas, imágenes, albóndigas, estampitas, arepas, medallitas, empanadas…

El fotógrafo de los recién nacidos

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Óscar Manrique cree que fue el azar el que lo empujó a tomar fotos a los recién nacidos en la sala de maternidad de León XIII.

Siempre había sido un fotógrafo social y, como tal, acudía los domingos a la capilla de la clínica a hacer las fotos de la ceremonia de bautizos.

El nacimiento de un niño es siempre el nacimiento de una historia.

 

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