La ‘carnicidad’ de Manuel
Diciembre 3, 2008 General Sin ComentariosLa víspera de la última gran inundación de Nechí, salimos de este municipio cuando la tarde iba a acabar. Truenos lejanos anunciaban aguacero. Abordamos una camioneta en la terminal de transporte, un terreno situado a dos cuadras de la Alcaldía. Colmada la doble cabina, ocupamos puestos atrás, con alguna carga entre la que había una nevera de icopor llena de pescados, que un pescador vendería en Caucasia.

Nechí,Antioquia
Yo había ido a cubrir la premiación de un concurso de cuento. Estaba acompañado por Daniel Álvarez, un licenciado en español y literatura, encargado del concurso. En el auto, él estaba ya relajado, sentado en la banca situada frente a la mía, después de las actividades del día, tomando fotografías a las aves silvestres que iba viendo en la vasta llanura, en la cual a veces también se veían vacas y toros cebúes pastando.
Un hombre venía con nosotros. Estaba sentado a mi lado y frente a Daniel. Amable, señalaba al fotógrafo algunas aves que él alcanzaba a ver desde su lugar. “Ese es el pisingo”, le dijo…”
Aunque no había lodo y la carretera estaba seca en su mayor parte, tampoco había polvo. Nos detuvimos a surtir combustible en una estación de gasolina. Daniel y yo descendimos del auto y aprovechamos para tomar fotografías de un callejón anegado, al final del cual, unas dos cuadras después, había una montaña de bultos de arena que los lugareños tenían dispuesta para evitar que el río rompiera el muro de contención que los protegía de la creciente. El otro pasajero no se bajó del auto. Cuando Daniel y yo volvimos a subirnos, él estuvo callado mientras hablamos de política y volvió a hablar cuando el tema fue de nuevo la Naturaleza. Nos contó por donde iba la vieja carretera, nos señalaba el río a lo lejos, nos señaló algunos trasmallos que pescadores instalaron en una ciénaga a bordo de la vía; mejor dicho, no una ciénaga sino un charco grande que se forma con las lluvias, y nos aseguró que en esas aguas superficiales había peces. Los mismos que pescaban en el río. Y contó que su nombre era Manuel. Que era oriundo de Sahagún. Se enorgulleció notablemente cuando observé que Sahagún tenía fama de ser un municipio ilustrado y lector.
Con ese hablar sereno de los costeños que saben mucho de la vida por andariegos y por andariegos se van volviendo buenos conversadores, Manuel contó que ha caminado medio país negociando frutas y verduras. A Cali lleva limones; de Medellín carga cebolla, tomate, repollo, lechuga papas y así, cosas de tierra fría para vender en el Bajo Cauca. En Caucasia, donde vive, suele ir por ahí, por los barrios, empujando una carretilla colmada de frutas o legumbres en los días que no viaja a ninguna parte. Precisamente, ese día regresaba de Nechí tras haber vendido varias cajas de mandarinas.
“¿Aquel es el pato chapucero?”, le preguntó Daniel. “Sí, ese es el que se chapucea”. “El que yo quisiera ver es el chavarrí –exclamó el licenciado fotógrafo-. Un niño lo mencionó en un cuento y quedé antojado de conocerlo”.
“Cuando vivía en Sahagún tuve toda clase de pájaros –contó Manuel-. Sinsontes, turpiales, mochuelos, pericos, calandrias… de toda clase de pájaros. Una noche, borracho, le di una cachetada a una mujé que me dio una insultada la macha. Un policía me cogió y me llevó al calabozo. Pasé allí en esa jaula desde las nueve de la noche hasta las tres de la tarde del otro día. ¡Pero, qué va, esas horas yo las sentí como tres meses! Tanto que le prometí a mi Dios que si me soltaban ligero, iría a mi casa y dejaría libres los pájaros. Y así lo hice. Entendí el valor de la libertad. Esos pájaros estaban en una cárcel por mi voluntad. Después, cuando iban tipos a la casa a preguntar por algún pájaro, les contaba esta historia y pensaban que me había enloquecido. Pero fue que yo pensé en el calabozo que los pájaros son como los humanos: los encierran en una jaula y terminan por resignarse al encierro porque ahí tienen agua y comida, pero nada más”. Volteando la cabeza, Manuel señaló con el dedo una garza azul.
La carretera formó una ye. Nuestro auto tomó la senda de la derecha. “Si uno sigue derecho –informó Daniel- llega a Colorado, un caserío que yo conozco”.
En este sitio comenzó el pavimento. Manuel dijo que, hace mucho tiempo, la carretera destapada le causó una enfermedad. Trabajaba de ayudante de bus de escalera. Solía irse arriba, en la parrilla, con la carga. “El polvo del camino me iba entrando en las vistas y fue formándome una ‘carnicidad’. Y usté sabe, esa ‘carnicidad’ lo ‘ciega’ a uno. Pero un día, años después, en Turbo, un hombre me dijo: si no quiere quedar sentado en un taburete, ciego, inservible, échese en los ojos una gota de jugo de noni. Cueste lo que cueste. Un día en un ojo y el otro día en el otro”.
Manuel no ha parado de hacerse el remedio desde hace tres años. Y está convencido de que ha habido mejoría.
La amenaza de lluvia quedó en Nechí. A medida que nos acercábamos a Caucasia, el clima se hacía neutro. La tarde también quedaba atrás. Iba oscureciendo lentamente.
También en los viajes, hablando con todo el mundo, manuel habá aprendido remedios para muchos males. Aprendió que la miel de abeja –el decía miel de oveja-, es una maravilla de la Naturaleza. La recomienda para los hongos que atacan a los costeños como él cuando se internan varios días en tierra fría.
Para lo que no sabía el remedio era para la hepatitis. De haberlo sabido no hubiera estado a punto de morirse y, sobre todo, no hubiera tenido que gastar tanta plata como gastó. Fue al médico. Hasta en Cereté tuvo que mandar a conseguir las ampolletas que le recomendó el doctor. Tras unos meses de cama y tratamiento, todavía amarillo, quedó sin dinero para las últimas medicinas. Y ni qué decir de la comida de la casa. Pero Dios no abandona a nadie. Iba por la calle, después de haber comprado la bendita ampolleta, apenas con quinientos pesos en el bolsillo, cuando, al pasar por el mercado, un muchacho le ofreció una boleta a rifa de 200.000 pesos. “Cuánto vale, men?” “Quinientas barras, no más”. Y ahí fue a dar la última moneda de Manuel.
Al día siguiente, el muchacho fue a buscarlo para informarle que había ganado. “¡Mierda! ¡Y yo que boté la boleta!. Vamos a ver. Si mi suegra le echó candela a la basura después de barrer, estoy jodido, mi hermano”. Manuel vació la caneca de la basura y, entre cáscaras de plátanos y papeles higiénicos y papeles inútiles, halló el papelito de la suerte. Fue a cobrar.
Finalmente, se alivió. En la última consulta, el médico le recomendó que estuviera por ahí un año y medio sin beber licor. Y así lo hizo. Esta es, sin duda, su más grande hazaña porque “eso no lo hace todo el mundo”.
A los dos años un compadre lo invitó al bautismo de un hijo. “Déjeme yo le pregunto al doctor si puedo tomar”, le contestó. El médico le respondió que no había problema, pero que bebiera con mesura.
Fue a la fiesta y metió tanto ron y se dio una juma tan grande que no supo quién diablos lo llevó a la casa.
“Ajá, era que llevaba ¡dos años sin bebé, no joda!” Fue al médico con dolores de hígado y de cabeza y éste lo regañó. Tomó Alka Seltzer y esa vaina, dijo señalando la región del hígado, se calentó tanto que tal vez por eso circuló el alcohol. Es una sensación tan desagradable, que no volvió a beber. Sólo de vez en cuando se toma una cerveza para la sed.

Nechí, Antioquia
La camioneta se detuvo. Uno de los hombres de adelante fue a la parte trasera a sacar la nevera del pescador y los pasajeros debimos apearnos para que él tuviera espacio. Cuando nos subimos de nuevo, el hombre regresó con la nevera: se había equivocado: no era el pescador el que había llegado a su destino, sino otra persona. Volvimos a descender para que el ayudante subiera otra vez la nevera y sacara el equipaje del pasajero que sí había llegado.
En breves instantes vimos a un tipo gordo y bajo de estatura parado entre nosotros diciendo que su maleta era la azul y que se quedaba allí para esperar el colectivo que lo llevaría a La Apartada, donde tomaría otro que lo llevaría a Ayapel, su destino. Entonces me di cuenta de que había oscurecido del todo y de que habíamos llegado a la troncal.
El automotor volvió a moverse. Manuel contó que no va a El Bagre. Se asoció con un tipo de allá para establecer un puesto de frutas y verduras en el mercado, cerca del puerto. Aportó un millón de pesos que pagó al diez por ciento mensual. Pero al mes, el tipo aquel no hablaba de repartir ganancias y ni siquiera del estado del negocio. Manuel dormía en el puesto de frutas, ahí en la calle, mientras el bagreño lo hacía en su casa, entrepiernado con una mocita que tenía en esos días. Cuando nuestro hombre reclamó a su socio, éste lo amenazó de muerte. Si vuelve a El Bagre, le advirtió, le tendería una trampa. Manuel ya les dejó una carta a sus hijos y amigos para que sepan que si algo le sucede se debe al tipo aquel.
Ya pagó el millón. Y una carretilla del socio que le quedó, la venderá en Sahagún para obtener por ella siquiera 200 mil pesos. “Del ahogado el sombrero”.
Manuel hizo detener el auto con un silbido. Se apeó, fue a pagarle al conductor por la ventanilla. Y se despidió. “Aquí me quedo muchachos. Tal vez nos veamos otro día”.
Sólo en ese instante, Daniel se dio cuenta de que estaba adolorido por estar tanto rato en esta posición y se le hicieron largos los dos kilómetros que hacían falta para llegar al hotel. Yo no podía dejar de pensar en las palabras de Manuel. En todas. ‘Carnicidad’ quedó retumbando en mis oídos.





Esa inveterada manía de los humanos de no querer mirarnos porque la mirada nos intimida, ofende o excita, hace que busquemos siempre un sitio donde posar la vista.


