Borrasca miedosa el 24 de septiembre

Cosas que me pasan Sin Comentarios

Los cuadros o zonas más blancas, son la acumulación de granizo en el patio de la Alpujarra entre la Gobernación de Antioquia y la Alcaldía de Medellín.

Vista superior desde el piso cinco de la Gobernación de Antioquia

Edificio del Concejo y la Alcaldía de Medellín

El efecto golondrina

Cosas que me pasan, Municipios Sin Comentarios

Seis de la tarde y las golondrinas cerraron el caravanchel, dejaron de jugar en el aire y se fueron a acostar. Es 20 de septiembre y ni cuando viví un año en Puerto Berrío había visto tal fenómeno: millares de golondrinas atestaban los cables de energía de una cuadra en particular en Berrío.

Era imposible pasar debajo de tal cantidad de plumíferos sin ser bautizados por sus desechos que como misiles certeros caían en nuestras cabezas. El sector incluso huele a pluma de pollo mojado. Ni un torrencial aguacero las quitaba de los cables y los más gracioso es que casi todas se ubican mirando para el mismo lado.

No había rincón o cable que no fuera ocupado a la fuerza por tales aves. Algo curioso que quería mostrar y eso que no puse más fotos. Puerto Berrío, Antioquia.

Las 11 nietas de Petronila

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Ninfa, Chila, Yolanda, Pecosa, Melisa, Luz Mila, Cristina, Patricia, Aura, Geronia y Costanza… todas hijas del difunto Toribio y Petronila, matrona de la región. Todas ellas hechas en el mismo pilón y nacidas con dolor de parto con la ayuda de Maruchenga la famosa solterona, partera del pueblo.

Alegres ellas, mujeres todas, ninguna ha conocido hombre y como van las cosas jamás lo conocerán. La misma Petronila confecciona sus vestidos, les obliga el diario rosario y la molida y amasada de las arepas de mote. Pero ellas viven felices, sin conocer las mieles del hombre y sin estrenar el lecho, pilón hacedor de hijos.

Petroniiiiiiilaaaaa, grita la vecina… dejá  a esas muchachas salirrrrr, vecina, queeeunn díaaaa se te van a volar e hinchadas volverán, con un bastardo nuevo y con un corazón ajeno. Dejá salir muchacha a esas vergajas, que vos estás muy vieja y ni nietos te quedarán.

Venta de muñecas en un puesto de artesanías en San Antonio de Pereira, Rionegro - Antioquia.

Ventas mudas en san Antonio de Pereira

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Este tipo de vendedor ambulante no necesita de su garganta para gritar en alto, la suma de sus productos a la venta. Solo el aire que roza sus pulmones son necesarios para cantar su producto a niños y antojados. “¡Qué va a comprar deso, reza mi mamá, yo le enseño a hacer eso en casa y verá ques lo mismo!”. Y pues sí, después quién me aguantó gastando el detergente en pompas de jabón por toda mi casa.

Siempre me encantará ver un vendedor de pompas de jabón, porque lo comparo con los que venden aguacates en los barrios que ascienden montañas, los comparo con vendedores de MAAAAAASAAAAMORRAAA PILÁAAAA. El de las pompas nunca llegará a casa sin voz.

“Mario ¿Quién se gastó el jabón que tenía aquí?” / (Silencio) / Vendedor ambulante en San Antonio de Pereira, Rionegro. Antioquia.

Pájaro de mar por tierra

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Pájaro de mar por tierra es un dicho para quien no esperábamos ver, a quien se aparece por lares que comúnmente no frecuenta, a quien hace rato no veíamos.

Dos pájaros de río esperan en tierra por pasajeros: El Turpial y El Azulejo, en una tarde cálida y dorada por el sol de Puerto Berrío en el Magdalena Medio Antioqueño.

Puerto Berrío

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Suspiro al recordar mi año de servicio militar en Puerto Berrío. En este puerto, prestaba yo guardia, reflexionaba, pensaba, escribía y dejaba pasar las horas sin darme cuenta.

Doña Carmen vive sola y cada tarde de su lenta vida la pasa en este puerto, engañando peces que luego serán su alimento diario, maná del río Magdalena. Mientras estabamos varios con ella, doña Carmen atrapó un Bagre Sapo de pequeñas dimensiones, ella dice que lo tasajea para dos porciones, pero la verdad es que con una, quedaría aullando la tripa.

Estas fotos de tantos municipios de Antioquia, son el resultado de mis correrías al lado de la Orquesta La Tropibanda, en esta oportunidad, para tocar en el programa Venga a mi Pueblo de Teleantioquia.

Sonrisa Giocondana en Amagá

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Esa sonrisa Monalisa, es una sonrisa temerosa de que no se cumpla la promesa del Gobernador de Antioquia de meterle la mano al municipio de Amagá, que la verdad sea dicha, anda caido y desarreglado (El municipio). Las vías, su parque y el fenómeno de hundimiento de la banca y el daño en las viviendas, además del cierre de algunas minas; tienen a este municipio al borde de algún colapso, para no hablar de sus nuevos problemas de violencia.

Pero demás que la mano se le meterá a este municipio y la alegría dejara de ser giocondana para ser libremente expresiva y jocosa cuando estrenen parque, plaza de mercado y pase de nuevo el ferrocarril y vuelvan el color y alegría de otros tiempos.

Chorizo y papa rellena, viandas que mis visitantes de otras tierras no pueden disfrutar… Para ustedes, esta foto y el antojo de su olor grasoso y picante. Bien puedan descarguen esta foto y pongan a curar el choricito, que con limón y arepita, una buena tarde de recuerdos disfrutarán.

San Pedro de los Milagros: Leche, color y belleza

Color, texturas, diseño, Municipios Sin Comentarios
  • Tun tun / ¿Quién es? / La vieja Inés / ¿Y qué me traés? / Un huevo podrido
  • Tun tun / ¿Quién es? / Señora ¿Ha escuchado quel fin del mundo se acerca? / ¡Ay no señor, aquí somos católicos
  • Tun tun / ¿Quién es? / Se arregla la olla presión se arregla / Ay no señor, gracias
  • Tun tun / ¿Quién es? / ¿Doña es a ver si tiene ropita vieja questamos recogiendo pa los muchachos que se están rehabilitando… / ¡Ay señor, la regalamos justamente ayer que pasaron recogiendo
  • Tun tun / ¡Ay, no abrás querida ques un señor pidiendo limosna! / Doooñaaaa

hermosa niña tomando el sol en el parque de San Pedro de los Milagros en el norte de Antioquia. La verdad es que está tomando el sol OBLIGADA, porque el parque de San Pedro no tiene ÁRBOLES que den sombra. Es un parque de esos dizque llamados “CONTEMPORÁNEOS”, desos ques sólo cemento, espacio y nada de verde. Así, así es el parque de San Pedro de los Milagros, muy amplio pero muy seco y con la gente sentada haciendo malacara… malacara porque les cae el sol del poniente y sólo les queda fruncir el ceño para menguar el sol.

Ritual de despedida

Cosas que me pasan Sin Comentarios

¿Quién fue el primero que colgó los tenis en los cables de energía de algún barrio? / ¿Será que este particular ritual se realiza como una manera inconsciente de preservar la existencia propia? / ¿será como trofeo que se expone tras el alcance de una meta? / ¿Por qué este ritual de despedida para los zapatos viejos? / ¿Para qué retiro tan ostentoso, tan visible, tan cariñoso? / ¿Será ese miedo a la “cosa” extinta? ¿a la muerte última?

De pequeño vi, cómo después de un partido de fútbol barrial, el goleador se despidió de sus zapatillas desgastadas, amarrándolas de sus mismos cordones y lanzándolas al aire como a birrete de grados, y verlas enredarse en los cables primarios de energía, sin mayor despedida que su sonrisa.

Las plantas presas

Color, texturas, diseño Sin Comentarios

Condenadas a recibir solo el agua que le regale la lluvia, la misma con que se cargan baterías para carro. Condenadas a nos ser miradas y contempladas, allí, escondidas y presas por las rejas. Condenadas a no florecer y a no ser visitadas por mariposas y abejas biehechoras y polinizadoras, expuestas al piojo de mata, al óxido del hierro, al polvo del caminante, expuestas a ser olvidadas y nuca miradas.

Comuna Nororiental de Medellín, cercanías al Metro Cable.

Romaña quiere un huesito

Animales 1 Comentario

Qué rico fuera un calambombo bien sabroso!

  • ¡Qué rico fuera que me tiraran una tripita!
  • …Como esa costillita que me tiraron en la carnicería la otra vez
  • O como don Evelio que siempre me guarda el guargüero para mí
  • ¡Y qué tal una librita de solomo, pero qué va, a uno no le tiran de eso!
  • ¿Dónde andará Yolanda la perra negra?
  • Me voy para donde don Evelio a ver si ya abrió
  • Clínica de muebles… Se atienden urgencias

    Letreros Sin Comentarios

    Alumnos de la asignatura Comunicación Visual reconociendo la ciudad, sus colores y texturas. Sus miradas se pierden entre los rincones de los barrios aledaños al Metro Cable.

    De la Minorista al Marymount, Historia de un álbum familiar

    Crónicas Sin Comentarios

    Crónica publicada en Generación, suplemento dominical de El Colombiano, el 30 de diciembre de 2007, bajo el título de “Tras el rastro de un álbum perdido”

     

    2005, día de mercado

     

    Marta abandona el camino de múltiples colores, de olores varios a fruta y sudor de pueblo, se desvía del circuito normal de compras en la Plaza Minorista en Medellín para dar un vistazo a los particulares locales de cachivaches, segundas y antigüedades que hay en el costado occidental de la misma, locales que visita muchas veces en compañía de su esposo Jassón De La Rosa, quien compra allí diversos artículos con qué armar eclécticos adornos para su casa en Copacabana. Entre hierros oxidados y cobres opacos, dos álbumes en regular estado roban la atención de Marta quien al hojearlos percibe a una familia feliz y de afortunada posición económica.

     

    Diez mil pesos paga por el nuevo tesoro que tocan sus manos; el polvo y la mugre corren por cuenta del vendedor y del tiempo. Los compró porque no aceptaba que decenas de imágenes estuvieran por fuera del territorio familiar, porque presiente la angustia de una familia por la pérdida de dos volúmenes de recuerdos y de rostros que cada vez se hacen más familiares. Se los compra al destino con el único fin de encontrar a sus dueños.

     

    2007, invitación abierta

     

    En un cotidiano encuentro de medio día, Jasson y su esposa me contaron de su especial compra dos años atrás y me invitaron a conocer su casa y a plantearme el reto de encontrarle dueño a los dos álbumes perdidos. Solo tres meses después correspondí a la invitación,  y acompañado de mi amada compinche, conocimos el bello tesoro avaluado en cientos de sonrisas y enmarcado entre los años 1969 y 1970. Varias hipótesis bailaron entre historias y risas y concluimos, a-priori, que una pérdida entre algún traslado o un robo a su castillo urbano, era la causa de que estos dos ejemplares rodaran entre cartones y papeles, cofres y latas, entre piñas y papayas.

     

    Con ese insumo ya en mi casa, corrimos mi esposa y yo a leer signos y a armar descendencias, a realizar cirugías ambulatorias y a extraer imágenes claves para dar con sus protagonistas en carne. No era una autopsia, porque los álbumes nunca mueren; el mal revelado y el fuego son sus únicos asesinos. Tomamos nota, sacamos nombres, unimos apellidos, pusimos edades, hicimos cuentas, tomamos muestras y una pista fue elegida para comenzar.

     

    Llamada al Marymount

     

    Según los uniformes y una primera comunión celebrada en el colegio, una de las niñas de la familia en este álbum había estudiado en el Marymount para 1969. Me contacté con esta institución y entre traslado y traslado de llamadas di con la encargada de la tienda de libros de las exalumnas, Tita Uribe, quien de ahí en adelante fue mi compañera de búsqueda. Ella a su vez, propagó como fuego esa exploración que se nos antojaba a todos como lúdica y chistosa, pero a la vez seria, pues se trataba de una pertenencia ligada al corazón. El correo electrónico fue la herramienta mediante la cual se transmitían algunas imágenes a varias personas que en 1969 estuvieron involucrados de una u otra manera con la institución; Carolina Muñoz, quien colabora actualizando la base de datos de exalumnas del Marymount, identificó a algunas niñas en la foto y, mediante una cadena de correos, continuó la búsqueda de algún integrante de la familia del álbum.

     

    Una dulce voz al teléfono

     

    Tanta cercanía con este álbum viajero, con sus fotos y paseos al exterior, tanto acariciarlo en cada abrir y pasar de hoja, termina uno creyéndose parte de la familia y es como si se buscara en cada imagen, uno siente que estuvo en Londres con ellos; se ve  posando en Guatemala o sentado en su sofá. También sucede que la magia de un álbum nos hace parecer eternos, por siempre jóvenes, con utópica alegría, con sempiterna felicidad, sin problemas que se cuelen por ventanas abiertas. Uno cree que los de la foto siguen así de jóvenes y radiantes, siente que el tiempo se detuvo para ellos, que sus pieles son las mismas; todas estas eran mis percepciones hasta que en mi pequeña oficina sonó el teléfono y una dulce voz anunció su nombre. Aunque ella se presentó como alguien a quien yo no conocía, lo cierto es que todos éramos parte de ese álbum, por eso exclamé ¡Doña Inés, claro, la del álbum familiar! Hablé con ella con una alegría infantil, emocionado; sorprendido también porque su voz no correspondía a la que había fabricado mi memoria, habían pasado 37 años. No indagué mucho y me cité con ella y con todos, para escuchar de viva voz todo el hilo de esa madeja interesante y provocativa. Sólo me adelantó que una Tita la había llamado y que la saludó diciendo: “Llamo a hacerle la llamada más chistosa del mundo…”

     

    Inés Helena Hernández

     

    Tiznado de ansiedad, acudí el dos de septiembre al encuentro con Inés Hernández, acompañado de mi esposa, Jassón y Marta. Nos recibió un rostro algo distinto en texturas pero no en belleza; era Inés, quien vive sola desde la muerte de su esposo en  2000; sus hijas tienen su hogar en otro país. Fotos de varias nietas –su único patrimonio- escoltan la casa en cada rincón. Con sonrisa dulce y modales de reina, Inés nos invitó a pasar a la mesa para ver con ella los detalles de cada imagen, cada personaje, cada habitante de aquel libro sagrado. La invadimos con preguntas, mientras Inés sollozaba al encontrase con la foto de su hijo al que no ve desde hace siete años y que partió enojado con la vida, con ella, con su padre. En ese momento Clemencia, su hija menor, llamó desde Miami; su madre, con un deje pícaro, la dejó en ascuas y no le adelantó nada del encuentro, sólo dijo que tenía una visita particular.

     

    Inés nos contó que tras la muerte de su esposo, tuvo que vender su apartamento, su empresa y varias de sus pertenencias ya que Rodrigo había dejado muchos negocios abiertos y deudas por pagar; atosigada por esa nueva situación económica lo único que quería en ese momento era tapar todos los huecos que su esposo dejó abiertos. Nos contó que el álbum no lo perdió, no se lo robaron, que lo botó voluntariamente un día de trasteo en 2001, menguando las cargas y la economía y los abandonó sin rituales de quemado o rasgado, los botó a la voluntad de recicladores ambulantes, los botó porque quería romper con todo y así lo hizo.

     

    Esa tarde viajamos con Inés a su memoria, caminamos de la mano de ella y de todos los personajes de esta historia. Vimos la foto y conocimos la historia de Maria Cecilia Hernández, su hermana y fundadora de la Casita de Nicolás tras el asesinato de su hijo. Caminamos de la mano con Inés, con Pilar Gómez Martínez y su padre, don Fernando Gómez Martínez, cuando en el 69 abordaban un avión rumbo a un congreso interamericano de prensa en Acapulco, México. Inés era muy de la casa de los Gómez Martínez y servía como traductora a Pilar en algunos de sus viajes. Conocimos a su bisabuelo Francisco Antonio Peña, creador de la Pomada Peña, que “…inicialmente se creó para la caspa, pero cuando las mujeres vieron cómo desaparecían las manchas de sus manos, pulieron la fórmula para ser lo que es hoy…”. Clemencia, la menor de sus hijas, llama por segunda vez durante nuestra visita sin que Inés le adelante nada del encuentro.

     

    Aquella estadía, alumbrada por un cielo que iba ya cerrando, fue una visita de esas que dejan huella, sobretodo por la personalidad de esta agradable mujer que nos dio enseñanzas de humildad y sencillez, que pasó de la opulencia a administrar cualquier peso que le entra de alguna renta, que pasó de los muchos viajes aéreos a caminatas por pleno centro de Medellín y sus recovecos,  adornada a veces de sus clientes, como llama ella a indigentes que siempre le hacen fila por algún dulcecito. Una mujer que agradece a Dios su actual condición económica un poco más modesta, para desapegarse de cosas que realmente no son esenciales ni valen la pena. Que nunca miró por encima del hombro, pero gusta de darse democráticas caminadas por pasajes comerciales. “No quiero volver a esa vida”, dice ella, “solo me quedan recuerdos, sigo aparentando tal vez ser una mujer rica”.

     

    La verdad es que Inés es rica, no lo dudo. Hoy la vida le devolvió dos de los 20 álbumes que sacó de casa en 2001, pero más que álbumes, ella espera que su hijo Juan Rodrigo deje ver su rostro y su sonrisa de nuevo, la que dejó plasmada en el álbum, un álbum perdido y encontrado, un álbum que quedó en mi memoria. A Marta y Jassón les tocará comprar otro álbum, porque este ya no es de ellos, ya no es mío. Me tocará visitar antigüedades y galerías en busca de más personajes como Inés, me tocará seguir caminando esta y cualquier otra ciudad en busca de sonrisas. Amén.

     

    -Rodrigo, Maria Luz, Maria Inés, Clemencia en brazos, Juan Rodrigo

    -Imagen de doña Inés en compañía de don Fernando Gómez Martínez y su hija Pilar Gómez 

    -Juan Rodrigo. Inés no lo ve desde la muerte de su padre

    -Foto de Inés tomada del álbum, tomada por Castro en el Poblado

    -Aspecto actual de Inés Helena Hernández

    -Inés Observa el álbum en compañía de Marta

     

    Las plantas nos pegan a la tierra y al pasado

    Color, texturas, diseño, Editorial Sin Comentarios

    ¡Cuál minimalismo! Lo que gusta en los barrios altos de muchas ciudades son las estéticas recargadas que algunos llamarían kitsch . Pero hablemos de ese maximalismo de las matas en los barrios ubicados en las postrimerías de Medellín. Plantas o matas sembradas en recicladas poncheras rotas, en mil y un empaques de plástico, rosales sembrados en otrora ollas incapaces ya de calentar sancochos.

    Las matas son la vida estética de estos habitantes, ellas los unen talvez a su verdadera tierra antes de colonizar en esta ciudad a veces esquiva para ellos. Ellos en su mayoría o los más viejos, iniciaron estos barrios desplazados por La Violencia enquistada de Colombia y por ello traen todo su acervo rural y lo siembran sin darse cuenta en sus casas, jardines y terrazas. Son las matas muchas, el cordón que los une a su pasado campesino y es esa recursividad que algunos llaman ordinaria, muestra de una creatividad con una estética diferente a la urbana a veces tan plana, tan sosa.

    Más valen esas flores orgullosas en envases de blanqueador, esas rosas que cantan alegres con sus colores en ollas y cocas viejas, en platos de peltre reciclados, en bolsas de leche extinta; que los muros insípidos de muchas casas que no alojan sino conflictos y egoísmos citadinos.

    Fragmento de fachada en el barrio granizal, cerca al Metro Cable.

     

    Joan Miró en Santo Domingo

    Historia del Arte Sin Comentarios

    Surrealismo de líneas infantiles, mancha, abstracción en diálogo con la incipiente percepción infantil. Joan Miró visto este misma mañana en el Barrio Santo Domingo, bajos del Metro Cable.

    Con esta foto y la anterior de Vasili Kandinsky comienzo una nueva categoría llamada Historia del arte, donde intentaré ver el espíritu de distintos artistas o tendencias estéticas en calles y barrios de cualquier ciudad. Esto, siguiento la idea de mi ex profesora Marta Eugenia Laverde a quien doy un saludo por la semilla sembrada.

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