Qué negra más linda es esta que vi en La Ceja

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Mirá pues como mueve sus caderas, esa nalga grande batida al son del caminao. Mirá pues su bemba alegre, hechida de sonrisa y carcajada. Mirá pues a esta negra que bate el chocolate con cadencia de cumbia y currulao. Mirá su orgullo, sus ropas prendidas y su son movido en cada caminar.

Ah, qué negra más linda es esta que vi en La Ceja.

Volver al sur
Por: Elkin González, 
Sacerdote colombiano radicado en EEUU.

Mi amigo del sur me dice que lo meridional y lo septentrional no solamente tiene un limite geográfico. Me dice que lo de abajo es importante porque sostiene a lo de arriba, pero que el mundo es coniforme y desproporcionado y por eso se ve insostenible. El argumenta que lo de abajo es débil y lo de arriba es fuerte. Mi amigo cree que los sufrimientos del norte carecen de importancia para quien comer a veces es un lujo y cualquier centavo es oro. Mi amigo piensa que los del trópico de cáncer debemos volver la cara al trópico de capricornio. O mejor, el cree que los que un día vimos caer la lluvia en junio y arder el sol en diciembre no debemos olvidarlo cuando las estaciones del norte traen el bochorno en junio y el frío de diciembre penetra en los huesos.

Mi amigo me recuerda del sur, donde tomar un bus es costumbre y caminar es parte de la vida. Donde el niño pide en la calle y el perro husmea en las iglesias. Donde la madre trabaja mil horas y lo que gana no sacia el hambre de su cría. Donde un enemigo con sus amigos se confabulan para extraer para si lo que es para todos. Fantástico sur, de extremas alegrías y bajos penares, de gritos de gol y llantos de plañideras, de morenas pieles y manos sucias. Sur de mil amores que esconde las esperanzas de una nostalgia norteña. Fin de nuestros sueños y escenario futuro de nuestro verdadero sueño americano. El sur suspira en nuestras venas con olor a guiso y sonido de cantares melancólicos. Negar el sur es como negar la cruz que nos salvo y el sol que seguramente alumbró el día que nos vió nacer.

Volver los ojos al sur no es hacer del sur otro norte. Es volverse embajador de sus valores. Es ayudar al hermano que lucha allá abajo, es animar su espíritu y dejarse animar por su fortaleza.  Volver los ojos al sur es invertir en el, creer en su gente y no enterrar las esperanzas. Recordar el sur es no menospreciarlo, antes bien, es recordar su simplicidad tan creativa y la complejidad de sus valores. Volver al sur es ser canales de comunicación de un progreso técnico que nos solo el norte merece y de un progreso humano que no solo el sur ha de ufanarse.

De Sensus

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El siguiente texto, es una colaboración especial de Elkin González, Sacerdote colombiano radicado en EEUU. Las imágenes corresponden a venta de artesanías en el Parque de Bolívar, feria de San Alejo.

 

Hace poco recordaba las palabras de Jesús en el evangelio cuando juzgaba su generación comparándolos con el verso cantado por los niños en la plaza: “os hemos tocado la flauta, y no habeis bailado, os hemos entonado endechas, y no habeis llorado.” (Lc.7,32)

 

En palabras más precisas, Jesús está criticando el máximo pecado no sólo de su generación, sino también de la nuestra: la insensibilidad. La insensibilidad es la incapacidad de sentir, la incapacidad de desarrollar cualquier relación empática que signifique un éxodo de la individualidad. La insensibilidad es la castración del sistema neuronal, la expresión de un autismo colectivo que flagela nuestro mundo y que nos declara analfabetas de los sentimientos. La insensibilidad nos impide bailar cuando nos tocan la flauta y no nos deja llorar cuando nos entonan endechas.

 

Cuentan que el primer milagro de amor realizado por Madre Teresa fue curar a un leproso que yacía en la vera del camino. Pero realmente el milagro no fue este. El milagro en si consistió en ver al leproso padecer, mirar de soslayo,  pasar de largo, y vencer la insensibilidad un cuadra después. Esta decisión de volver y ayudarlo fue el verdadero milagro, es decir, vencer la insensibilidad, vencer el egoísmo.

 

El mundo padece por el hambre, las guerras, los desplazamientos, la incomprensión, la corrupción, la enfermedad, y un sinfín de calamidades que si enumeráramos, ningún papel podría contener. Pero debajo de todo esto reside como gran señora, entronizada y protegida por fuertes y baluartes la insensibilidad. Esta empieza con la negación de la realidad, sigue con la actitud evasiva de la individualidad extrema, y termina con una calcificación del corazón que tenazmente describe el profeta Ezequiel en una promesa de liberación: “quitare de vuestra carne el corazón de piedra y os dare un corazón de carne.” (Ez.36,26) Un corazán de carne que siente, sufre, se alegra y llora. Un corazón, que una vez sano, estimula las lineas del rostro y hace dibujar una sonrisa, que hace levantar los brazos en actitud de acogida, y que enjuga lágrimas con palabras de vida.

 

La insensibilidad no se vence solamente yendo a un poblado de África, protegiendo huérfanos, y alimentando hambrientos. Esto sin duda es  loable y digno de imitar. Pero estas empresas grandes en contra de la insensibilidad se empiezan en el diario vivir. Educarnos en contra de la insensibilidad significa prestar atención a los sonidos de nuestro cuerpo, atender cuando nos pide algo y estar concientes de nuestra corporeidad; observar alrededor y dejarnos invadir por la fiesta de colores que ofrece la naturaleza; fijarnos en los cambios y en los pequeños detalles, mas para disfrutarlos que para alimentar nuestra hambre de perfeccionismo. Educarnos en contra de la insensibilidad es entender los estados de ánimo de quienes nos rodean, ver los esfuerzos de la esposa que se hace bella y del hijo que arregló su cama, lavó los platos, o se comporta extraño.

 

El sensible es materia fácil para el evangelio. El sensible es permeable, maleable, y agradable para compartir. Pero más que fácil de sugestionar o manipular, el sensible es veraz en sus sentimientos. Mas que vulnerable, voluble, o emocionalmente inconstante, el sensible es quien capta la realidad, la discierne y la transforma. El sensible también es racional, pero su razón nace igualmente en el corazón, porque al igual que Pascal, el expresa: “le coeur as ses raisons que la raison ne con-nait point” El corazón tiene razones, que la razón no comprende.

El Valor de esta Efemérides

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Imagen tomada en la Avenida La Playa en Medellín.

(Palabras de apertura al Simposio acerca de los 200 años de Aguadas, Caldas), pronunciadas el 30 de mayo de 2008, en la sede de la Institución Educativa Marino Gómez, antes Francisco Montoya)

Hoy mi invitado especial es Eduardo Domínguez Gómez*, quien me colaboró con el siguiente texto.

*Historiador,  Magíster en Historia

Profesor Titular en la Universidad de Antioquia

Miembro de la Academia Antioqueña de Historia

 

Un pueblo sin la conciencia de sus raíces pierde identidad. Una persona que no tiene interés por conocer quiénes fueron sus antepasados, dónde vivían, qué tipo de vida llevaban, etc., pierde la memoria de su pasado y, con ello, un gran tesoro de valores y realidades humanas que trasmitir a sus sucesores. (…) Las personas y las sociedades se hacen más libres, crecen y producen, si se conocen mejor a sí mismas, de dónde proceden y cómo han llegado a ser lo que son. (Cano S, Víctor. “¿Qué es la microhistoria?” www.bisabuelos.com/microhistoria.html, visitada el 6 de mayo de 2008)

Cuando nos reunimos para conmemorar una fecha de fundación, los historiadores aceptamos la presencia en estos actos ofreciendo las razones por las cuales vemos válido aceptar la invitación. Y esta oportunidad que nos abre el Simposio “Aguadas y la colonización antioqueña” nos sirve para hacer la siguiente proposición: Las efemérides, como los medios masivos de comunicación, sirven para informar, formar y entretener. Y, aspecto que no siempre logran los medios,  nos permiten modificar nuestra mirada con respecto al valor de las distintas historias. Las pequeñas (o micro) historias, esas de la vida diaria, donde buscamos que la sociedad de masas no nos convierta en átomos anónimos; las biografías; las de familias o las del terruño donde empezamos nuestros primeros vínculos sociales. Y las macro-historias, definidas así por su cobertura geográfica de países -donde ejercemos la ciudadanía- subregiones, continentes o universo, donde nos realizamos como especie.

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Diana

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Con esta historia, comienzo mi sección de Invitados de Honor, donde invitaré a mis amigos y conocidos a ser parte de este proyecto, con sus crónicas, cuentos o historias. Esta colaboración es de Gloria Cecilia Estrada a quien le envié una foto para inspirarla. Su texto nada tiene que ver con la foto,  “…pero me recordaron algo que escribí hace un par de años…” remata Gloria. / La imagen corresponde a un obrero comiendo en su jornada de descanso. Estación Andalucía del Metro. Construcción de muro de contención.

“Diana” Por Gloria Cecilia Estrada Soto*

A mi prima Diana le preocupa que la deje el compañero con el que se fue a vivir hace siete meses, el que le sacó a crédito nevera y lavadora y dijo que haría hasta lo imposible por hacer pasar a Laura, de seis años, como su propia hija, para hacerla beneficiaria de su servicio de salud.

El dolor de cabeza la hace madrugar más de la cuenta; por eso tiene más tiempo para quejarse de sus desventuras. Migrañas que se repiten porque teme tener que volver a vivir sola, sin con qué darle un vaso de leche diario a su hija, viviendo del fiado y pagando a usureros dueños de una pieza con baño y mesón que le cobran cien mil pesos o más por un alquiler en estrato 1.

Si el compañero la deja, Diana volverá a tener lo que tenía antes: dos camas sencillas, un aparato de teléfono, dos ollas, dos platos y algo de ropa. Tendrá que olvidarse de las facilidades que ha tenido en los últimos meses. Ésa será una parte de su tragedia. La otra parte será aceptar que, a sus veintiocho años, sigue dando tumbos en la vida sin encontrar a un hombre que la ame por más tiempo y la valore por encima de sus sesenta kilos de peso.

Al menos ahora, por ahora, hasta julio, Diana tiene trabajo. Después, nadie sabe. Sobra decir que vive unos días de zozobra que apenas logra distraer viendo algo en la televisión.
Para ella, la guerra de este país y sus presuntos intentos de paz no dejan de ser un dato, a veces curioso, que se comenta de pronto, pero que no determina nada en su vida. Diana puede comentar la última bomba, el regaño del Presidente, lo que unos señores encontraron en el computador de un paramilitar o de un guerrillero, la inundación en algún pueblo (en cualquier pueblo), como cosas tan ajenas, tan lejanas. No son suyas esas cosas. Tampoco lo son esos asuntos que no logra entender sobre reformas políticas, elecciones legislativas, contaminación ambiental, y tanta, pero tanta cosa, que esbozan los noticieros que ve en la noche mientras espera que, al fin, empiece la telenovela.

Pero Diana vive su telenovela y vive su noticiero. Historias del hambre, la carencia de afecto, la soledad, la pobreza, el desempleo, el desengaño, el madresolterismo, la falta de educación, la desigualdad. Es protagonista y personaje de muchas historias aunque ni siquiera lo sepa. También, mi triste Diana, es protagonista y personaje de las otras historias que no entiende, ésas que erradamente cree no le interesan o no le incumben. Ella es el ejemplo viviente de la guerra, de la especulación financiera, de la tributación desequilibrada, de los que abusan del poder, del mal uso de los recursos, de la mala distribución de la tierra, de la inestabilidad laboral, de la triste cobertura en salud.

Diana no sabe, y tal vez muera sin saberlo, que todo eso que muestran en la televisión es parte de su tragedia, pero ¿cómo podría vivir también con eso?

Ahora que me llamó, Diana me dijo que su cabeza está a punto de estallar, que lleva dos noches sin dormir y que cree que su compañero está saliendo con otra mujer.

*Periodista de la Universidad de Antioquia