Amores del piso. Cartas recogidas del piso

Crónicas 2 Comentarios

En el Medellín que no se ve a simple vista, sorpresas deparan sus calles.

Crónica publicada el 6 de agosto de 2006 en el suplemento GENERACIÓN del periódico El Colombiano,

 A Julio César alguien lo extraña. Otra, pide a Dios un nuevo empleo y pagar sus deudas. Ovidio le da 10.000 a Esther para el pescado y los pasajes. Wilder no quiere que ella le despache más el almuerzo. El Negro la ilusionó en los alumbrados. No sé a quién, trataron de arrimada y limosnera. Muchos “chatean” en clase. Una pareja se cita en un baño…

 Soy yo, el coleccionista de cartas de amor recogidas del suelo, un “voyeurista” de amores ajenos. Veo una ciudad que otros no ven, una ciudad a ras de piso, que me cuenta sus historias de amores y sinrazones. No es que camine mirando para el piso siempre, es que ya las huelo, ya sé cuál puede ser una de ellas, son evidentes ya para mí; aunque a veces levanto cuentas inútiles, exámenes perdidos, tareas incompletas o hasta un teléfono de “Concel”. Es que la gente ya no bota billetes como antes, sino, me dedicaba a eso.

No se quién más tenga esta afición, pero yo camino siempre buscando una nueva historia, un nuevo pleito, un viejo enredo. Mi placer es completar historias rotas, imaginarme los personajes implicados, inventarme sus trabajos, ver por el rabillo del ojo más allá de las letras, entrar en la casa de algunos y conocer sus conflictos, ser testigo de engaños, escuchar patente el tono de los reclamos. Hasta sé cómo se visten mis personajes, cómo lloran o cómo se enamoran.Esas cartas que recojo son un festín semiótico para alguien que trabaja con la imagen (diseño gráfico). El tipo de letra me dice que es mujer, el doblez me dice que la guardó en una billetera, el cambio de estilo y de roles me dice que es un “chat” en papel; la ortografía y el texto, me revelan el grado de escolaridad, los pedazos rotos me gritan dolor y entre más piezas, más dolor; el tipo de letra me da la personalidad.

Ellas son evidentes a mi paso: Asomos de tinta de bolígrafo, algún nombre y dos puntos, desechadas, arrugadas o rotas en 16 pedazos de los que encuentro 13 -justo el nombre del firmante ¡Qué falla!- …Sí, es que también las armo; me siento como arqueólogo con pinzas y cepillo a limpiarlas, unirlas, ordenarlas y pegarlas con la pasión con que armaría un rollo del Mar Muerto o alguno de mis rompecabezas, para entrar al final, a una nueva casa, una nueva relación, un nuevo amor o uno que otro disgusto.

Pero antes de armarlas tengo que encontrarlas y los días soleados no son los mejores, pues la mayoría las encuentro en inviernos lentos. Completar algunas de ellas me ha llevado incluso a repetir la búsqueda por tres días -15 minutos por día ¡tampoco!- , a meter mi brazo en una alcantarilla por fortuna limpia, a agacharme en plena calle Carabobo, a mojarme en plena lluvia buscando dos piezas clave.
Yo, que vendí tarjetas hechas a mano en el Politécnico Colombiano, que escuché atento historias varias para redactar cartas de amor con mi pluma y letra, veo hoy el otro lado un poco más oscuro, el lado del reclamo y el desamor, de la angustia y del dolor, también las de amor, de colegiales, adolescentes y mayores.

Soy un amante de la ciudad, soy caminante, leo historias urbanas, crónicas; leo también textos en los baños universitarios, en el espaldar de las sillas de los buses; los textos en pared de algún sindicato, las hojas de atrás de los cuadernos, los rayones en los libros. Todo habla, todo revela, todo me produce una sonrisa. Una pregunta.

Hoy las guardo justamente en una caja de lata donde vino uno de mis rompecabezas, otra de mis aficiones. Sigo a la espera de más cartas; algunos que saben de mi manía me ofrecen las suyas, pero les digo que no saben lo mismo, que las prefiero inéditas, anónimas y de la calle o dentro de los libros, abandonadas unas, rotas otras.

Por el momento les cuento……Que alguien allá luchará por Juan José. Que una Diana ve la vida con más claridad. Que Marlon siempre estará ahí, para cuando lo necesites. Que feliz Día de la Mujer para Ermelia. Que Rodrigo tiene unos ojos tiernos.Que usted que me está leyendo, está pensando en quemarlas la próxima vez… Déjelas por ahí, no le hacen mal a nadie y sí feliz a mí.

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 Lo dicho, dicho estáFragmentos tomados de las cartas encontradas. Se conservan la redacción y la ortografía original. Carlos Múnera registra en su diario el lugar del encuentro de la misiva y el estado físico de la misma:

 Encontrada el 13 de abril de 2006

Bello, cerca de la autopista

Estado: media hoja de cuaderno arrugada, falta la media hoja inicial

 … mas aburridor de my vida por porque me trataron de arrimada y tambien me trataron de limosnera pero yo me quede hay por que yo queria seguir estudiando y el estudio era lo unico que yo anelaba pero fue tan aburridor por que por medio de esos disgustos tambien medijieron que me iva a quedar …

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Encontrada el 16 de agosto de 2004

Parque de los Deseos

Hoja de cuaderno doblada y mojada

 hola como estas epero que vien te escribo esta carta para decirte que feliz dia de la mujer y q´gracias por averme cuidado en todo este tiempo perdón por averme manejado muy mal con tigo estoy muy arrepentida por aver hecho cosas malas feliz dia de la mujer te quiero mucho

 TQM mamita

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 Envigado

Sin Fecha al recogerla

Reverso de resultados de las loterías

 Wilson la nostalgia seva apoderando de mi pero tu ausencia me duele hablame para saber a que me atengo Doris

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 Avenida Cabañitas

Encontrada el 20 de febrero de 2005, 1:00 p.m.

Hoja pequeña, rota en tres partes y arrugada

*nombres cambiados

 Orlando*:Nunca habia conocido a un hombre tan mentiroso como usted. Q vive muy mal con maria* y duerme en la misma habitacion con ella, la saca a comer al centro, le regalo celular para que lo pueda localizar facil, por eso es que usted lo apaga. pero es muy bueno uno darse cuenta de las cosas por eso no vuelvo a confiar en usted. yo me pregunto q estoy asiendo con usted. si usted desde hace mucho tiempo se olvido que yo necesito muchas cosas. pero para mi no hay plata, siempre tiene gastos. pero a doña Maria, le saca de la revista y tiene de todo.otra cosa cada q usted esta tomando dice que esta con un compañero, yo estoy segura que es mentira no le comento de otras cosas que me di cuenta por que no vale la pena.Orlando: usted ultimamente me da 10000 para comprar pescado y los pasajes. yo no necesito nada mas pescado. yo entiendo que usted tiene una obligacion. pero antes no era asi con migo. ultimamente se esta dejando con algunas obligaciones que tenia con migo. y yo creo q tengo algunos derechos como la mujer q según usted lo hace feliz: hasta pronto Yolanda*

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 Carabobo, sector La Alpujarra

Encontrada el 1 de agosto de 2005, 7:15 a.m.

Hoja de cuaderno rota en 17 pedazos

*Nombres cambiados

 Wilder* te amo mucho pero por favor tienes que cambiar varias cosas si tu quieres tener la mujer de tus sueños por que uno da lo que resibeTe amo yo creo que como nunca he querido ha nadie y eso tu lo sabes y yo creo que por eso tu te haprobechas me duele en el alma que tu rechases las cosas que yo hago para que tu te sientas bien. como por ejemplo que no quieras que yo te siga despachando y que no te gusten mis comidas. Por fovor no menospresies más mis cosas por que el hecho que tu no quieras llevar mas despacho da mucho que pensar pero como yo me tengo que aguantar por que ya tu dependes por ti mismo.te amo y eres mi vida por favor cambia y yo cambio tato* y yo te amamos y te necesitamos mucho.

 

 

Naturaleza muerta

Crónicas, Historia del Arte 1 Comentario

Naturaleza muerta… De esas que abundan en las terrazas de muchas casas. Zahúrdas estas que son museos muebles que cuentan la historia de los barrios, de los objetos y de la familia misma. Allí reposan biciclos otrora triciclos, cajas con botellas de una gaseosa extinta; el nido de la perra también se ampara allí bajo la sombra de dos latas.

Allá la humedad, la caca de perro que se seca al sol, la ropa que hay que entrar “Mija, corra que se largó el agua”. Reposan allí los materiales que esperan construir la pieza de Dora la mayor, allá las muñecas que no se usan, las quimbas malas, los ladrillos que hacen de repisa del moho y la humedad, allí la casa de la cucaracha y la coca del perro ¿ya le cambió el agua?

Todo es tapado por plásticos rotos que son tapados por otros plásticos rotos, tiesos y quebrado por el sol. La olla mala, la ponchera usada, la batería de carro que espera llenarse de agua lluvia, la penca e sábila que crece bondadosa, las rosas de Nena, la media nona, la grabadora muda, la plancha muerta.

Así, así son las terrazas del alto mundo, de los barrios de empinado descenso, de las postrimerías de una ciudad partida. Así son los techos lisos donde los pelaos se asoman para atisbar la tarde que duerme lenta.

Terraza en el barrio Popular 1

De la Minorista al Marymount, Historia de un álbum familiar

Crónicas Sin Comentarios

Crónica publicada en Generación, suplemento dominical de El Colombiano, el 30 de diciembre de 2007, bajo el título de “Tras el rastro de un álbum perdido”

 

2005, día de mercado

 

Marta abandona el camino de múltiples colores, de olores varios a fruta y sudor de pueblo, se desvía del circuito normal de compras en la Plaza Minorista en Medellín para dar un vistazo a los particulares locales de cachivaches, segundas y antigüedades que hay en el costado occidental de la misma, locales que visita muchas veces en compañía de su esposo Jassón De La Rosa, quien compra allí diversos artículos con qué armar eclécticos adornos para su casa en Copacabana. Entre hierros oxidados y cobres opacos, dos álbumes en regular estado roban la atención de Marta quien al hojearlos percibe a una familia feliz y de afortunada posición económica.

 

Diez mil pesos paga por el nuevo tesoro que tocan sus manos; el polvo y la mugre corren por cuenta del vendedor y del tiempo. Los compró porque no aceptaba que decenas de imágenes estuvieran por fuera del territorio familiar, porque presiente la angustia de una familia por la pérdida de dos volúmenes de recuerdos y de rostros que cada vez se hacen más familiares. Se los compra al destino con el único fin de encontrar a sus dueños.

 

2007, invitación abierta

 

En un cotidiano encuentro de medio día, Jasson y su esposa me contaron de su especial compra dos años atrás y me invitaron a conocer su casa y a plantearme el reto de encontrarle dueño a los dos álbumes perdidos. Solo tres meses después correspondí a la invitación,  y acompañado de mi amada compinche, conocimos el bello tesoro avaluado en cientos de sonrisas y enmarcado entre los años 1969 y 1970. Varias hipótesis bailaron entre historias y risas y concluimos, a-priori, que una pérdida entre algún traslado o un robo a su castillo urbano, era la causa de que estos dos ejemplares rodaran entre cartones y papeles, cofres y latas, entre piñas y papayas.

 

Con ese insumo ya en mi casa, corrimos mi esposa y yo a leer signos y a armar descendencias, a realizar cirugías ambulatorias y a extraer imágenes claves para dar con sus protagonistas en carne. No era una autopsia, porque los álbumes nunca mueren; el mal revelado y el fuego son sus únicos asesinos. Tomamos nota, sacamos nombres, unimos apellidos, pusimos edades, hicimos cuentas, tomamos muestras y una pista fue elegida para comenzar.

 

Llamada al Marymount

 

Según los uniformes y una primera comunión celebrada en el colegio, una de las niñas de la familia en este álbum había estudiado en el Marymount para 1969. Me contacté con esta institución y entre traslado y traslado de llamadas di con la encargada de la tienda de libros de las exalumnas, Tita Uribe, quien de ahí en adelante fue mi compañera de búsqueda. Ella a su vez, propagó como fuego esa exploración que se nos antojaba a todos como lúdica y chistosa, pero a la vez seria, pues se trataba de una pertenencia ligada al corazón. El correo electrónico fue la herramienta mediante la cual se transmitían algunas imágenes a varias personas que en 1969 estuvieron involucrados de una u otra manera con la institución; Carolina Muñoz, quien colabora actualizando la base de datos de exalumnas del Marymount, identificó a algunas niñas en la foto y, mediante una cadena de correos, continuó la búsqueda de algún integrante de la familia del álbum.

 

Una dulce voz al teléfono

 

Tanta cercanía con este álbum viajero, con sus fotos y paseos al exterior, tanto acariciarlo en cada abrir y pasar de hoja, termina uno creyéndose parte de la familia y es como si se buscara en cada imagen, uno siente que estuvo en Londres con ellos; se ve  posando en Guatemala o sentado en su sofá. También sucede que la magia de un álbum nos hace parecer eternos, por siempre jóvenes, con utópica alegría, con sempiterna felicidad, sin problemas que se cuelen por ventanas abiertas. Uno cree que los de la foto siguen así de jóvenes y radiantes, siente que el tiempo se detuvo para ellos, que sus pieles son las mismas; todas estas eran mis percepciones hasta que en mi pequeña oficina sonó el teléfono y una dulce voz anunció su nombre. Aunque ella se presentó como alguien a quien yo no conocía, lo cierto es que todos éramos parte de ese álbum, por eso exclamé ¡Doña Inés, claro, la del álbum familiar! Hablé con ella con una alegría infantil, emocionado; sorprendido también porque su voz no correspondía a la que había fabricado mi memoria, habían pasado 37 años. No indagué mucho y me cité con ella y con todos, para escuchar de viva voz todo el hilo de esa madeja interesante y provocativa. Sólo me adelantó que una Tita la había llamado y que la saludó diciendo: “Llamo a hacerle la llamada más chistosa del mundo…”

 

Inés Helena Hernández

 

Tiznado de ansiedad, acudí el dos de septiembre al encuentro con Inés Hernández, acompañado de mi esposa, Jassón y Marta. Nos recibió un rostro algo distinto en texturas pero no en belleza; era Inés, quien vive sola desde la muerte de su esposo en  2000; sus hijas tienen su hogar en otro país. Fotos de varias nietas –su único patrimonio- escoltan la casa en cada rincón. Con sonrisa dulce y modales de reina, Inés nos invitó a pasar a la mesa para ver con ella los detalles de cada imagen, cada personaje, cada habitante de aquel libro sagrado. La invadimos con preguntas, mientras Inés sollozaba al encontrase con la foto de su hijo al que no ve desde hace siete años y que partió enojado con la vida, con ella, con su padre. En ese momento Clemencia, su hija menor, llamó desde Miami; su madre, con un deje pícaro, la dejó en ascuas y no le adelantó nada del encuentro, sólo dijo que tenía una visita particular.

 

Inés nos contó que tras la muerte de su esposo, tuvo que vender su apartamento, su empresa y varias de sus pertenencias ya que Rodrigo había dejado muchos negocios abiertos y deudas por pagar; atosigada por esa nueva situación económica lo único que quería en ese momento era tapar todos los huecos que su esposo dejó abiertos. Nos contó que el álbum no lo perdió, no se lo robaron, que lo botó voluntariamente un día de trasteo en 2001, menguando las cargas y la economía y los abandonó sin rituales de quemado o rasgado, los botó a la voluntad de recicladores ambulantes, los botó porque quería romper con todo y así lo hizo.

 

Esa tarde viajamos con Inés a su memoria, caminamos de la mano de ella y de todos los personajes de esta historia. Vimos la foto y conocimos la historia de Maria Cecilia Hernández, su hermana y fundadora de la Casita de Nicolás tras el asesinato de su hijo. Caminamos de la mano con Inés, con Pilar Gómez Martínez y su padre, don Fernando Gómez Martínez, cuando en el 69 abordaban un avión rumbo a un congreso interamericano de prensa en Acapulco, México. Inés era muy de la casa de los Gómez Martínez y servía como traductora a Pilar en algunos de sus viajes. Conocimos a su bisabuelo Francisco Antonio Peña, creador de la Pomada Peña, que “…inicialmente se creó para la caspa, pero cuando las mujeres vieron cómo desaparecían las manchas de sus manos, pulieron la fórmula para ser lo que es hoy…”. Clemencia, la menor de sus hijas, llama por segunda vez durante nuestra visita sin que Inés le adelante nada del encuentro.

 

Aquella estadía, alumbrada por un cielo que iba ya cerrando, fue una visita de esas que dejan huella, sobretodo por la personalidad de esta agradable mujer que nos dio enseñanzas de humildad y sencillez, que pasó de la opulencia a administrar cualquier peso que le entra de alguna renta, que pasó de los muchos viajes aéreos a caminatas por pleno centro de Medellín y sus recovecos,  adornada a veces de sus clientes, como llama ella a indigentes que siempre le hacen fila por algún dulcecito. Una mujer que agradece a Dios su actual condición económica un poco más modesta, para desapegarse de cosas que realmente no son esenciales ni valen la pena. Que nunca miró por encima del hombro, pero gusta de darse democráticas caminadas por pasajes comerciales. “No quiero volver a esa vida”, dice ella, “solo me quedan recuerdos, sigo aparentando tal vez ser una mujer rica”.

 

La verdad es que Inés es rica, no lo dudo. Hoy la vida le devolvió dos de los 20 álbumes que sacó de casa en 2001, pero más que álbumes, ella espera que su hijo Juan Rodrigo deje ver su rostro y su sonrisa de nuevo, la que dejó plasmada en el álbum, un álbum perdido y encontrado, un álbum que quedó en mi memoria. A Marta y Jassón les tocará comprar otro álbum, porque este ya no es de ellos, ya no es mío. Me tocará visitar antigüedades y galerías en busca de más personajes como Inés, me tocará seguir caminando esta y cualquier otra ciudad en busca de sonrisas. Amén.

 

-Rodrigo, Maria Luz, Maria Inés, Clemencia en brazos, Juan Rodrigo

-Imagen de doña Inés en compañía de don Fernando Gómez Martínez y su hija Pilar Gómez 

-Juan Rodrigo. Inés no lo ve desde la muerte de su padre

-Foto de Inés tomada del álbum, tomada por Castro en el Poblado

-Aspecto actual de Inés Helena Hernández

-Inés Observa el álbum en compañía de Marta

 

Más allá de lo evidente

Crónicas Sin Comentarios

Esta crónica fue publicada en Generación de El Colombiano el 21 de enero de 2007

Curiosidades de las fotografías caseras. Una crónica para ver más allá.

 

Una modelo da la bienvenida a octubre en un almanaque del 78 de Goodyear, unos tenis Atomik acompañan mi alegría en el Parque Norte al lado de las sombrillitas, unos Forché casi extintos, un overol del Chapulín Colorado, el viejo símbolo de Inravisión congelado en un televisor Hitachi, monocromático con cubre pantalla azul para que parezca de color. Son algunos extractos de ver por enésima vez mi álbum personal, un escaparate de imágenes de esas que se van difuminando con el crecimiento.

 

Cuando veo un álbum ajeno, es mi costumbre voyeurista, ver más allá de lo evidente, ver más allá del foco central, de la cara festiva, del peinado de Alf, de la bomba (peinado) de mi mamá; me gusta ver más allá de risas y velas, de flores que adornan orejas, de poses de colonizador al lado del bus (con el pie sobre el bómper), de la casa o del tren o del eterno Studebaker.

 

A mí me gusta ver los otros en las minifotos de Junín, esos que entran a los álbumes sin invitarlos, pero que quedaron congelados porque pasaban por el Club Unión, mientras en el María Victoria exhibían Marcelino Pan y Vino y yo posaba con gafas de carey peinado por Juanita, mi abuela.

 

Me gusta ver el Simca mil y su placa negra adornado de una valla de Naranja Postobón y de cigarrillos Imperial, me gusta mirar el calzado que usan los posantes, ver mis Croydon azules o unos de cuero tipo posguerra que no sé cómo los acepté.

 

Ver una botella de Kolkana olvidada o de gaseosa Lux, ver lo que comúnmente no se mira, asomarse en las esquinas de la foto, mirar el que quedó mocho, observar estampados, ver que en los setentas no se usaban colores primarios, ver que una paloma quedó montada sobre otra en algún parque de otra ciudad.

 

No sólo digerir el texto de la imagen, sino su contexto visual, deducir a qué horas fue y cuántos invitados eran según el número de vasos y la botella de vino Moscatel al lado. Ver más allá de lo denotado me provoca más interés, más análisis, más risas. Me pregunto qué será de los otros, aquellos caminantes anónimos a quienes el flash (o el magicubo) los detuvo, qué edad tendrán hoy o si ya sólo existen en mi álbum.

 

Es dar una segunda mirada, una que nos deje ver el mundo real y cómo fue, una que nos muestre despeinados o desnudos en una bañera inocente, una segunda mirada que nos haga reír, que confirme que nuestro pasado sucedió alegre; una segunda mirada que nos haga jugar y adivinar con referentes visuales, que nos haga recordar y volver a oler el momento, que nos traiga la grabadora con el REC anaranjado, que nos haga volar en SAM por el pasado, que nos haga sonrojar, que nos haga evaluar.

 

Los álbumes son mundos de alegría, de fiesta perenne, de rumbas perpetuas, de cumpleaños diarios, de comuniones seguidas, de edades ideales, de calvicies ausentes. Ver el álbum familiar es un ritual de iniciación para algunos; un ritual que invita al iniciado a entrar en el grupo de amistades valiosas para la familia, se le entrega al recién amigo con el mismo protocolo de quien entrega la bandera en un funeral militar, se debe ver siempre en la sala y pasar las páginas acompañado de un jugo casero de tomate de árbol.

 

A los álbumes de familia hay que verlos todas las veces y cada vez, buscar lo nuevo que tiene para decirnos, hay que darles una segunda mirada y ver más allá de lo evidente.Y para los que saben que recojo cartas de amor del suelo… Sí, también recojo fotos de vez en cuando…

Rituales en el álbum familiar

Crónicas 2 Comentarios

Crónica publicada el 20 de mayo de 2007 en Generación de El Colombiano

Digan güisqui…

 

… y entonces todos tratan de sostener por segundos extensos, una sonrisa por entero forzada a la espera de ser heridos en los ojos por pequeñas explosiones, participando todos de un ritual que deja ver nuestra verdadera misión en la vida: ser felices.

 

Ver un álbum familiar es ver el de otros miles, sólo que con rostros distintos, pero todos obedeciendo un ceremonial latente en nuestros inconscientes. Muchos rinden una veneración especial que me inquieta, ante objetos en particular: qué álbum no exhibe un espejo destellante adornado de un rostro quinceañero, qué galería no resalta el carro de turno partícipe de paseos populares, qué mamá no capturó el triciclo metálico al lado de su hijo; ¿o es al contrario todo ello?

 

Más rituales se cuelan en los álbumes…

 

Teléfonos que tutean apoyados en orejas infantiles (el teléfono debe ser de cordón espiralado, no inalámbrico), bañeras que cargan muchachitos, perros de ojos rojos al lado de sus dueños, niños con roles de súper héroes exhiben vestuarios sin poderes. No falta la foto también, de algún integrante de la familia al lado del nuevo equipo de sonido o del nuevo televisor, o familiares vivos enterrados en la playa, no falta la exhibición de copas o de cervezas o el cuchillo hiriendo la torta. Es que es el lugar, es la celebración, es el encuadre, es el objeto, todos ellos parte del culto inconsciente, rituales que seguimos obedientes.

 

 

O sinó…

 

Por qué no podemos quedar tristes en las fotos, por qué no despeinados, por qué no el registro de nuestra varicela si esa es nuestra hermosa realidad (reiríamos copiosamente), por qué no puede quedar el pote de champú al lado del postre como resaltaba Beatriz. Cumplimos rituales, imaginarios sociales, convenciones explícitas.

 

O entonces…

 

Por qué estamos siempre felices en las fotos, por qué todos alrededor de la torta en el centro de la imagen, ¿no es el niño pues el que cumple cinco años?, por qué la foto al borracho pintado, por qué llevan muchas veces los rostros a la mitad del encuadre.

 

No faltan las fotos chupándose el dedo estando ellas, en la cocina desprevenidas, o de nosotros bajo grandes construcciones y monumentos, al lado de palomas sin nacionalidad, apagando velas tercas (esta foto se repite hasta que quede “bien”), no faltan las fotos rasgadas que dejan entrever un amargo recuerdo masculino.

 

El ritual de la utopía

 

Nadie posa en un velorio ¿o qué álbum familiar registra el dolor? Tal vez lo hagan los cronistas visuales, documentalistas de la historia que retratan el palpitar humano con sus nacimientos y partidas, que revelan dramas humanos para ver la realidad como la pintó Picasso (Por delante y por detrás). En cambio el álbum familiar conserva la realidad última imaginada, la de la felicidad, la de la perpetua tranquilidad sin vacilaciones de lo porvenir, conserva la eterna juventud, conserva las estéticas comúnmente aceptables. Tal vez por miedo al olvido, a la desaparición total de nuestros seres ausentes, a la muerte última que es la ausencia de imagen alguna, tenemos miedo a que nuestra niñez no haya transcurrido, a que la imagen mental desaparezca.

 

Otros álbumes

 

Pequeños e itinerantes, son las billeteras. Allí el ritual para unos, es coleccionar rostros 3×4 de los ex novios como botín de cacería adolescente (al hombre no le dejan cargarlas). Se lleva allí también el proceso de crecimiento de los hijos, la imagen del amigo finado, de la madre ausente, más otra larga lista de imágenes en plano entero y plano busto de toda la corte celestial de primer orden.

 

Yo que identifico rituales en álbumes ajenos, no me había percatado de un ritual personal hasta que Diana Henao amiga mía dijo… “TAN POSUDO, pero miralo pues”. En todas las fotos posaba cual modelo de catálogo infantil y es que no había caído en la cuenta de que yo posaba desde niño. Saluden al pajarito: ¡clic!

Las plantas de mi abuela

Crónicas Sin Comentarios

Publicada originalmente en HOMO HÁBITUS, un sitio web para visitar y guardar en us favoritos…

“Hágase buches de Caléndula tres veces al día, coja un poquito, pongaervir el agua con un manojito aentro y juáguese con eso pa que se le quiten esas llagas, que pecao usté con eso toa la vida” reza mi abuela Juana con acento mántrico.

He crecido entre pastos y yerbas, entre raíces y matas secas, he crecido con la medicina heredada del campo y de la selva, he sanado entre hervidos e infusiones, entre Rudas y Colecaballos, con Llantén y Diente de León, he vivido, he sanado.

Como si fueran rituales de nuestros padres indígenas, he bebido cuanta mata se pueda ingerir y las que no, las he saboreado como buches o inhalado como vapores fragantes. He bebido amargas como el Llantén o Curahígado, he tomado dulces como el Sauco hecho en panela. He sido uno solo con ellas, las plantas que nos rodean, secas, colgadas, en plazas de mercado o curándose en cocinas primarias. Espantando moscas, secando.

Borraja, Cuasia, Eucalipto y Verbena; esta última, se presta de rastrojos para sanar el alma de niños desobedientes. Previo baño al púber, se le obliga a permanecer sin atuendos y con una ramita bien escogida, se le dan sus buenos “juetazos” hasta ver en su roja piel y el llanto, el salir de toda indolencia infantil y espanto. El joven en su madurez lo agradecerá.

También hay plantas para la mesa. Hojas de Laurel, Tomillo u Orégano; con ellas se adoban carnes, se tiñen de sabor buenas pastas caseras. Yerbas para el amor también, en escondidos hoteles del amor, en bañeras con eucaliptos “eroticus”. Plantas para jugar como la dormidera que realmente es la mimosa, que al tocar sus hojas, cierran las mismas para volver a jugar en ese devenir.

Para el dolor de oído, ponga a calentar en bajo, en la parrila de las arepas, una hojita grande de orégano. Calentada la hoja, se dispone a apretarla sobre el órgano enfermo y 2 gotas que paentro van.

Con dos sorbos de manzanilla en infusión me despido y mejorana pa la tranquilidad, no le eche azúcar para que sirva más, amargas al hígado le pegan mejor. Mantenga secando en el solar el Limoncillo, la Verbena y Alcachofa, mantenga sonriendo y bebiendo sus agüitas, que mejor son, que tomar pastas blancas de harinas insalubres. Amén.

Un Raudal de Pasiones

Crónicas Sin Comentarios

 

 

 

 

10 de junio de 2007

 

Para Mariano, ese domingo se tornó diferente porque los ojos de Deisy conquistaron sin proponérselo a este hombre de nostálgico mirar, ese mismo día conocieron su desnudez entre sábanas curtidas y respiros jadeantes. Se mezclaron, llegaron y se fueron previo estipendio de 20.000 el rato y 10.000 la pieza.

 

Deisy es una de tantas chicas de amor austero que sobrevive entre mecánicas convulsiones y cuyos contratos carnales los cierra a las afueras de El Raudal N°3, una heladería ubicada en la esquina de Cúcuta con la avenida De Greiff.

 

Pero el oficio de Deisy no fue óbice para que Mariano de 45 años de edad, depositara en ella un poco de si mismo y comenzara a visitarla casi a diario, no solo para destender camas una y otra vez, sino también, para iniciar una relación de amor con protección y padrinazgo. Como consecuencia de estos frecuentes asaltos de pasión, Mariano comenzó a enamorarse de esta Deisy de cobros en efectivo y a encapricharse con un “yo” redentor que exorcizara en ella, esos viejos fluidos alojados en oscuros recovecos de su feminidad y de su mente.

 

Mariano comenzó a menguar las cargas de Deisy mercando para ella cada mes, pagando sus recibos de servicios públicos, comprándole ropa y regalándole incluso una lavadora para que se le hiciera más fácil la vida en casa y menos tortuoso ese oficio licencioso. Mariano me hablaba de ella como la salvadora de su soledad, su voz se pausaba, su mirada se perdía entre imágenes pasadas. Se emocionaba al contarme que llevaban dos meses y que ella recordaba el día que se conocieron. Sus ojos tenían sin embargo un brillo mate.

 

Diciembre de 2007, seis meses de noviazgo implícito y la paz no reposaba del todo en el corazón de Mariano; los besos en esta relación se tornaron ausentes y las caricias se extinguían, Deisy no era la misma de aquellos incipientes días. Tatiana, una amiga y compañera de oficio de Deisy impulsada por la bondad que le despertaba Mariano, abordó a éste, en un casual encuentro en la Plaza de las Esculturas y le invitó a tomar café en una cafetería cercana para desenmascarar el verdadero corazón de su amiga.

 

-Es que ellas son fregadas. Entre ellas se tiran muy duro- Me comenta Mariano.

 

Tatiana, que sabe de esta relación, sabe que las cosas están mal entre Mariano y Deisy, o mejor dicho, sabe que nunca han estado bien. Ella le hace saber a él que ha estado buscando alegría entre brillos de oropel, pues, todo lo que Mariano le contaba a Deisy sintiéndola su amiga, su pasado, sus temores y esas confesiones que no quisiera uno decir a cura alguno, todo ese acervo de oscuro tinte fue burlado por ella que todo lo contaba, que lo revelaba con imperdonable morbo. Deisy había violado esa tácita reserva del sumario que se presupone entre cliente y esquinera. Mariano había sido burlado, vendido y nunca amado.

 

Mariano cita a Deisy en la Plazuela Nutibara para preguntarle cómo hacía para desenamorarse de ella, pero un esquivar de esos mismos ojos que lo conquistaron y un silencio cómplice, dieron por terminada una relación que jamás existió. El silencio de los días siguientes corroboró que Mariano nunca fue importante para ella y que solo significó ropa, solo mercado, solo una lavadora, solamente un altruista voluntario y pasajero, solo un pago de servicios y 20.000 por sesión.

 

Febrero de 2008 - Día de mi entrevista con Mariano

 

Una atestada cafetería del centro de Medellín me sirve de confesionario para que Mariano me cuente su particular historia. Sus palabras me parecen párrafos a doble espacio con puntos suspensivos en cada esquina, con miradas perdidas y silencios de cuatro tiempos.

 

-¿Deisy siempre te cobró o llegaron a un punto de la relación donde no te cobraba por hacerlo?- Le pregunto a Mariano.

-¿Sabes?, era como un apoyo más bien. Era una manera de ayudarle.- Me respondió él.

 

Mariano reflexiona por segundos su propia respuesta y me mira con una risa débil y cae en la cuenta de que siempre le cobraron el rato, de que nunca hubo un servicio gratis, de que nunca le dieron siquiera un descuento.

 

Marzo de 2008

 

En una segunda entrevista, Mariano me cuenta que una semana después de las revelaciones que le hiciera Tatiana, él decidió pagar por los servicios de esta meretriz celestina amiga de Deisy, para elaborar así el duelo de un engaño de seis meses y retar al dicho de que un clavo saca a otro clavo. Mariano se ríe maliciosamente y me cuenta que estuvo saliendo con Tatiana hasta hace poco, hasta que ella, en una llamada algo irónica le dice que cuando quiera baje por allá (Al Raudal), que de todas maneras yo sé que usted ha estado yendo… Tatiana lo decía porque se dio cuenta de que Mariano había estado esos días con Denis, amiga de las dos y a quien mariano conoció antes que a Deicy en el Raudal N°3, un raudal de pasiones.

 

-¡Es que yo le dije… ellas son muy fregadas y se cuentan todo! – resalta Mariano. La verdad también es que Mariano es ¡bien fregao!

 

 

Manjar de olores - Crónica

Crónicas Sin Comentarios

El encanto del sentido más evocador

- Inclino mi cuerpo como una reverencia y por segundos lentos desaparecen de mi vista decenas de comensales en algún restaurante de esta Medellín coqueta. No es un saludo especial, quiero únicamente acercarme de manera íntima a uno de mis mayores placeres: OLER. Entro entonces en sano éxtasis cuando percibo el ascendente aroma del pesto que viste a unos canelones y de una albahaca impetuosa que trata de conquistarme de primeras. ¡Calma que a ambas las quiero y las necesito para comer entero! Para seguir con mi ritual, cierro los ojos llevando un bocado virgen a mi boca y no puedo dejar pasar tal sabor sin antes jugar a solas con él. Podría morir en ese instante. Percibo.

 

¡Los olores! Esos eternos milagros que se nos presentan inadvertidos cada día en medio de afanes insalubres, milagros que deben ser admirados en cámara lenta, cuadro a cuadro, gramo a gramo, molécula a molécula. Qué tal el cine con el olor como cuarta dimensión… ¡Sería perfecto! (La tercera es el tiempo). ¡Los olores! Aquellos protagonistas que parecen de reparto, que parecen extras, que parecen de segunda hasta que se escucha un “Huele feo, ¿cierto?” y entonces se vuelven antagónicos.

 

- Abro mis ojos y me doy cuenta que Diana estaba allí, converso, sonrío. Tomo uno de los panes que esperaban por mí, lo parto como lo haría el Mesías, sólo que los acerco a mí para aspirar todos los aromas que me puedan donar y abandono uno de ellos, para bautizar su mellizo en vinagre balsámico y jugar de nuevo en mi boca. Converso.

 

¡Vientos saborizados! Sensaciones estas, que como máquina del tiempo, son capaces de transportarnos a lugares, fechas, instantes y momentos. La entrada del extremo sur de San Diego en Medellín huele a la entrada de los teatros Junín en los ochenta, a crispetas de caramelo con ropa nueva. En ocasiones, en la estación Acevedo se cuelan a los vagones del metro, aromas de La Dorada (Caldas), a cierta hoja de árbol y madera quemadas y humeando. Hay calles en Bello que me han teletransportado a Puerto Berrío (Enserio). Una estantería en el Politécnico huele a mi salón de 1°C en 1980. Los recreos huelen a sánduche y café con leche frío. El edificio de primaria de la UPB no ha cambiado de olor en 27 años. Las casas todas tienen su propio olor.

 

¡Los aromas! Viajan colados de manera gratuita en el aire, sin marcar la registradora, sin pagar peaje. Un cuerpo recién bañado, una sábana recién cambiada, el delicioso aroma a carro o tenis nuevo ¿Cómo preservarlo? Cuántos compramos el jabón de baño, probando aromas a través de la caja.

Cuántas no huelen la carne “a ver” si está mala. Cuántos compramos el shampoo por su aroma y no por sus componentes. Cuántos no amamos el ajo sofriéndose en mantequilla, o el aroma de un cilantro recién picado para hundirse luego en un mondongo dominguero. (Sí, ya se q a muchos no les gusta)

 

Cerrar los ojos y oler…

 

¡Aspirar! Atreverse a entrar en alguna librería con el único fin de robarse seis minutos la fragancia de un libro intacto, todo un protocolo: se elige el libro, ojala de hoja crema, las blancas huelen más a químicos; tomarlo, abrirlo en cualquier capítulo (como siempre la mitad) tocarle sus hojas castas y pasarlo abierto por la nariz para aspirar aromas de goma y papel con un triz de tinta. Mmm…

 

Otras recetas más sencillas: visitar carpinterías o tiendas de muebles y percibir las maderas todas ¿qué tal el comino? Nuestra casa recién trapeada con aromas falsos. Una arepa tostándose (ojo se les quema). Viajar por carretera, sacar el codo por la ventana, mirar para afuera, dejar que el viento nos peine a su manera y permitir la entrada de miles de mensajes: que una molienda por allí, que los mangos ya se caen, que por allá cocinan con leña… ¿qué tal los pinos subiendo por Las Palmas? ¿Qué tal el olor a campo, a finca campesina, a boñigas bienhechoras de la tierra?

 

La cuenta por favor…

 

No hace falta entonces jugar con cuña y combinado para ser felices o comprar un “quintico” para asegurarnos una alegría inventada; hace falta más bien, no tomar un chocolate de abuela sin antes olerlo y jugar con él. Sentir un antipasto o un tomate recién cortado. Darse cuenta de cómo se funden el gordito y la punta de anca como uno solo, siameses de cara distinta y ser feliz. Oler, aspirar, sentir, percibir, viajar.

 

Ya los veo saliendo a comer… ¡Pillados!

Manjar de los Sentidos. La sublime belleza de lo cotidiano / Crónica

Crónicas Sin Comentarios

 

Una pirámide sin terminar de manzanas rojas se presenta como cuadro impresionista al ir a mercar. Un derrumbe de papa capira se me antoja a 1.000 el kilo; un manojo de amarillos reposa en mi mano, pero hoy no llevo papa criolla. ¿Va a llevar cilantro? No más 300 por favor. ¿Y cebolla? ¡Está fresquita¡ No, más bien écheme ahí dos maduritos. ¿Y la zanahoria a cómo la tiene? ¡Que no esté tan paluda pues!

 

Son las cosas pequeñas, los momentos menospreciados, los olores desapercibidos, las caricias no sentidas. Es la sublime belleza de lo cotidiano, eternos milagros que se nos presentan cada día en medio de afanes insalubres. Es resucitar los sentidos del sueño permanente que produce el acostumbrarse a esperar lo extraordinario, a veces, se ve más en el reposo, se escucha más en el silencio, se siente más cuando escampa. ¡Qué más milagro que una sonrisa!

 

No hace falta jugar con cuña y combinado para ser felices o comprar un “quintico” para asegurarnos hasta la partida; hace falta más bien, no tomar un tinto con café de grano sin antes olerlo o jugar con él y nuestra lengua, oler una ensalada con albahaca, rescatar una tostada remojada en el café, probar el naufragio de queso en chocolate de carretera o casero que es mejor. Dejar unos instantes el pan remojado en vinagre balsámico en nuestra boca en algún restaurante italiano, jugar, probar, tentar primero, comer entero.

 

Caminar con pasiva reflexión percibiéndolo todo, pisar el pasto a pie limpio, recorrer texturas urbanas, observar muros parlantes con arengas de un primero de mayo. Visitar alguna plaza de mercado para ver en directo, obras del puntillismo o impresionismo del siglo 20. Mirar tres veces los colores de las frutas, y cómo los venteros en el centro las organizan, cómo las exhiben, cómo el mercadeo. Sacar el codo por la ventana, mirar para afuera y dejar que el viento nos peine a su manera. Mirar la ciudad desde el avión. Buscar rostros cuando miramos techos de madera. Ser el primero en leer la prensa bien doblada. Volver a ser humanos, a ser sencillos, a percibir.

 

Parar oreja (detenerse y percibir) y escuchar voceadores ambulantes, vendedores de “maaasamorra piláa” con colores de voz que se identifican desde la esquina, (Otro canta “mórraaa” pero ese no encima nada). Escuchar las guacamayas de la Plazuela Nutibara. El bosque de bambú de Pies Descalzos que nos arrulla a los que dormimos de vez en vez cuando el viento juega entre las hojas. Escuchar cómo los vendedores de pompas de jabón en los parques no dicen nada, nunca vocean, nunca gritan, porque las mismas burbujas se venden solas.

 

Oler lo que se nos presenta de manera gratuita: Un cuerpo recién bañado, una sábana recién cambiada, el delicioso aroma a carro o tenis nuevo (¿Cómo preservarlo?) Atreverse a entrar en alguna librería con el único fin de robarse seis minutos de fragancia de libro intacto, tomarlo, tocarle las hojas vírgenes y pasarlo abierto por la nariz para aspirar aromas de goma y papel. Visitar carpinterías o tienda de muebles y percibir las maderas todas ¿qué tal el comino crespo? ¿qué tal los pinos subiendo por Las Palmas? ¿qué tal el olor a campo, a finca campesina, a boñigas bienhechoras de la tierra?

 

Es vivir la vida sencilla, sentir la cotidianidad de manera extraordinaria, bebernos esta existencia hasta el fondo para poder partir felices y llenos en cualquier momento. Es encontrarnos 5.000 pesos en el bolsillo del pantalón que no usábamos hace 15 días o es la alegría de mi Diana cuando es ella la que los encuentra.

 

Es vivir la vida como la deben de estar viviendo los secuestrados que huyeron o han liberado, que extrañaban las cosas más sencillas de la vida: un dentífrico, una toalla, una cobija, dos cucharadas de azúcar y una sonrisa familiar, un colchón amigo, amanecer viendo su esposa, los traguitos de mamá, caminar sin cuerdas atadas, los balbuceos de su prole, acostarse en el sofá, vivir, caminar y amar.

 

¿Para dónde vamos hoy entonces? La billetera no importa, ¡Sólo importan los sentidos!

 

En la imagen, Venta de mangos en Támesis, Suroeste de Antioquia.

El Baúl de los Juguetes - Crónica

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A la una…

 

Un niño arrastra un carrito de madera, tirando de una cuerda en plena Alpujarra. En Moravia, Yovany juega con un carro hecho de una lata de gaseosa con ruedas prestadas de algún camión extinto. Yoanina acaricia el viento con una veleta y Dubian le puso tapas a una cajetilla de cigarrillos para hacerla rodar. Juan Diego y Nicolás lanzan bolas a una caja con madrigueras.

 

No puedo dejar de sorprenderme al ver tales juguetes, eclécticos modelos creados de la necesidad de sonreír por horas. Alegres adaptaciones que demuestran ingenio y creatividad. Mientras jueguen, los niños no saben [C1] de pobrezas aunque vivan en ella, no saben de mercados menguados o del devenir de cuentas por pagar. Ellos son ingenio e inocencia, desarrollo y acción, originalidad y pasión.

 

Paralelo a esta clase de juguetes llenos de recursividad y de afanosa necesidad, están los que llenaron nuestra niñez de inmensa alegría, pequeñas realidades impresas en láminas de hojalata, simulaciones fantasiosas de la cocina de mamá, aviones de pila mediana que cambiaban de ruta al primer choque, sirenas ambulantes, juguetes de cuerda. Es que hasta destapar las salchichas enlatadas era todo un juego; insertar la llave en la pestaña y dar cuerda alrededor de la lata para compartir con tu mejor amigo el frío manjar.

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Perra Malagradecida

Animales, Crónicas 6 Comentarios
Mayo 24 de 2008 / El bombero de la estación de gasolina no quería mirar para atrás y mi esposa Diana no paraba de decir: “Ay la cogió ese carro, ay qué pesar”. Ya me imaginaba yo a esa señora descuajada al pasar de una llanta de automóvil.

Era una mona perrita criolla, atropellada por un irresponsable motociclista que huyó dejandola en mal estado, aturdida por el golpe, con el hocico sangrando, la columna desviada y una pata al parecer fracturada. Sucedió a la altura de la estación de gasolina en Cabañitas en Bello, un accidente que causó, por cortos instantes, un taco en la autopista norte. Sólo una pareja de motociclistas y un conductor de carro la auxiliaron, mientras otra perrita a la orilla de la vía ladraba como pidiendo auxilio para su congénere.

Allí comenzó un carrusel de llamadas a las entidades que creíamos, podían auxiliar el herido animal. Llamamos al 123 de Metroseguridad que nos prometió pronta ayuda. Pasaron 10 minutos, llamamos nuevamente y nos remitieron a Bomberos Medellín, quienes nos trasladaron a Bomberos Bello, que a su vez nos remitieron a una oficina de rescate animal, dependencia con la que nunca nos pudimos comunicar. Una patrulla de la policía pasó y no atendió las señales de nuestro llamado pasando de largo.

Nuestra espera se hacía larga y ninguna entidad acudía a auxiliar este animalito que no por menos, tenía derechos como ser vivo que es. Nuevamente llamamos al 123 y esta vez nos dijeron de manera directa que no tenían ingerencia en el suceso, pero que de todos modos ya habían ingresado la novedad y que llamáramos a Bomberos de Bello quienes nos podrían auxiliar. Llamamos nuevamente a los bomberos y después de repetirnos el teléfono donde nunca contestaron y de llamar ellos mismos a esa entidad que podía socorrer emergencias animales, nos dijeron que en ese teléfono no contestaban y que lo sentían, pero que Bomberos Bello no tenía personal especializado para atender nuestro pedido.

Terminamos una espera de 45 minutos, impotentes ante un auxilio que nunca llegó y cuando ya estábamos tomando la decisión de partir a nuestros destinos un poco tristes por abandonar la perrita que reposaba agazapada bajo un arbusto, temblorosa y sangrante, salió sin apegos ni despedidas caminando muy oronda rumbo a cualquier lugar, sin mayor cojera que la que tenía la compañera del motociclista que la auxilió y con su columna ya en mejor estado. Lo único que pudimos hacer fue reírnos copiosamente ante tal desagradecimiento. No ladró como para despedirse, ni nos miró como en agradecimiento, salió sin más ni más.

Pero nos quedó la rabia y la duda: ¿Quién entonces atiende estos casos?, ¿quién responde?, ¿quién auxilia a estos seres que sienten dolor como nosotros?, ¿No es el 123 la entidad que redirecciona las llamadas de emergencia que hacemos los ciudadanos de a pie?. Tal vez la “sabiduría animal” le dijo a esta criolla amiga que la ayuda nunca llegaría y prefirió no esperar más y partir.