De la Minorista al Marymount, Historia de un álbum familiar

Crónicas Sin Comentarios

Crónica publicada en Generación, suplemento dominical de El Colombiano, el 30 de diciembre de 2007, bajo el título de “Tras el rastro de un álbum perdido”

 

2005, día de mercado

 

Marta abandona el camino de múltiples colores, de olores varios a fruta y sudor de pueblo, se desvía del circuito normal de compras en la Plaza Minorista en Medellín para dar un vistazo a los particulares locales de cachivaches, segundas y antigüedades que hay en el costado occidental de la misma, locales que visita muchas veces en compañía de su esposo Jassón De La Rosa, quien compra allí diversos artículos con qué armar eclécticos adornos para su casa en Copacabana. Entre hierros oxidados y cobres opacos, dos álbumes en regular estado roban la atención de Marta quien al hojearlos percibe a una familia feliz y de afortunada posición económica.

 

Diez mil pesos paga por el nuevo tesoro que tocan sus manos; el polvo y la mugre corren por cuenta del vendedor y del tiempo. Los compró porque no aceptaba que decenas de imágenes estuvieran por fuera del territorio familiar, porque presiente la angustia de una familia por la pérdida de dos volúmenes de recuerdos y de rostros que cada vez se hacen más familiares. Se los compra al destino con el único fin de encontrar a sus dueños.

 

2007, invitación abierta

 

En un cotidiano encuentro de medio día, Jasson y su esposa me contaron de su especial compra dos años atrás y me invitaron a conocer su casa y a plantearme el reto de encontrarle dueño a los dos álbumes perdidos. Solo tres meses después correspondí a la invitación,  y acompañado de mi amada compinche, conocimos el bello tesoro avaluado en cientos de sonrisas y enmarcado entre los años 1969 y 1970. Varias hipótesis bailaron entre historias y risas y concluimos, a-priori, que una pérdida entre algún traslado o un robo a su castillo urbano, era la causa de que estos dos ejemplares rodaran entre cartones y papeles, cofres y latas, entre piñas y papayas.

 

Con ese insumo ya en mi casa, corrimos mi esposa y yo a leer signos y a armar descendencias, a realizar cirugías ambulatorias y a extraer imágenes claves para dar con sus protagonistas en carne. No era una autopsia, porque los álbumes nunca mueren; el mal revelado y el fuego son sus únicos asesinos. Tomamos nota, sacamos nombres, unimos apellidos, pusimos edades, hicimos cuentas, tomamos muestras y una pista fue elegida para comenzar.

 

Llamada al Marymount

 

Según los uniformes y una primera comunión celebrada en el colegio, una de las niñas de la familia en este álbum había estudiado en el Marymount para 1969. Me contacté con esta institución y entre traslado y traslado de llamadas di con la encargada de la tienda de libros de las exalumnas, Tita Uribe, quien de ahí en adelante fue mi compañera de búsqueda. Ella a su vez, propagó como fuego esa exploración que se nos antojaba a todos como lúdica y chistosa, pero a la vez seria, pues se trataba de una pertenencia ligada al corazón. El correo electrónico fue la herramienta mediante la cual se transmitían algunas imágenes a varias personas que en 1969 estuvieron involucrados de una u otra manera con la institución; Carolina Muñoz, quien colabora actualizando la base de datos de exalumnas del Marymount, identificó a algunas niñas en la foto y, mediante una cadena de correos, continuó la búsqueda de algún integrante de la familia del álbum.

 

Una dulce voz al teléfono

 

Tanta cercanía con este álbum viajero, con sus fotos y paseos al exterior, tanto acariciarlo en cada abrir y pasar de hoja, termina uno creyéndose parte de la familia y es como si se buscara en cada imagen, uno siente que estuvo en Londres con ellos; se ve  posando en Guatemala o sentado en su sofá. También sucede que la magia de un álbum nos hace parecer eternos, por siempre jóvenes, con utópica alegría, con sempiterna felicidad, sin problemas que se cuelen por ventanas abiertas. Uno cree que los de la foto siguen así de jóvenes y radiantes, siente que el tiempo se detuvo para ellos, que sus pieles son las mismas; todas estas eran mis percepciones hasta que en mi pequeña oficina sonó el teléfono y una dulce voz anunció su nombre. Aunque ella se presentó como alguien a quien yo no conocía, lo cierto es que todos éramos parte de ese álbum, por eso exclamé ¡Doña Inés, claro, la del álbum familiar! Hablé con ella con una alegría infantil, emocionado; sorprendido también porque su voz no correspondía a la que había fabricado mi memoria, habían pasado 37 años. No indagué mucho y me cité con ella y con todos, para escuchar de viva voz todo el hilo de esa madeja interesante y provocativa. Sólo me adelantó que una Tita la había llamado y que la saludó diciendo: “Llamo a hacerle la llamada más chistosa del mundo…”

 

Inés Helena Hernández

 

Tiznado de ansiedad, acudí el dos de septiembre al encuentro con Inés Hernández, acompañado de mi esposa, Jassón y Marta. Nos recibió un rostro algo distinto en texturas pero no en belleza; era Inés, quien vive sola desde la muerte de su esposo en  2000; sus hijas tienen su hogar en otro país. Fotos de varias nietas –su único patrimonio- escoltan la casa en cada rincón. Con sonrisa dulce y modales de reina, Inés nos invitó a pasar a la mesa para ver con ella los detalles de cada imagen, cada personaje, cada habitante de aquel libro sagrado. La invadimos con preguntas, mientras Inés sollozaba al encontrase con la foto de su hijo al que no ve desde hace siete años y que partió enojado con la vida, con ella, con su padre. En ese momento Clemencia, su hija menor, llamó desde Miami; su madre, con un deje pícaro, la dejó en ascuas y no le adelantó nada del encuentro, sólo dijo que tenía una visita particular.

 

Inés nos contó que tras la muerte de su esposo, tuvo que vender su apartamento, su empresa y varias de sus pertenencias ya que Rodrigo había dejado muchos negocios abiertos y deudas por pagar; atosigada por esa nueva situación económica lo único que quería en ese momento era tapar todos los huecos que su esposo dejó abiertos. Nos contó que el álbum no lo perdió, no se lo robaron, que lo botó voluntariamente un día de trasteo en 2001, menguando las cargas y la economía y los abandonó sin rituales de quemado o rasgado, los botó a la voluntad de recicladores ambulantes, los botó porque quería romper con todo y así lo hizo.

 

Esa tarde viajamos con Inés a su memoria, caminamos de la mano de ella y de todos los personajes de esta historia. Vimos la foto y conocimos la historia de Maria Cecilia Hernández, su hermana y fundadora de la Casita de Nicolás tras el asesinato de su hijo. Caminamos de la mano con Inés, con Pilar Gómez Martínez y su padre, don Fernando Gómez Martínez, cuando en el 69 abordaban un avión rumbo a un congreso interamericano de prensa en Acapulco, México. Inés era muy de la casa de los Gómez Martínez y servía como traductora a Pilar en algunos de sus viajes. Conocimos a su bisabuelo Francisco Antonio Peña, creador de la Pomada Peña, que “…inicialmente se creó para la caspa, pero cuando las mujeres vieron cómo desaparecían las manchas de sus manos, pulieron la fórmula para ser lo que es hoy…”. Clemencia, la menor de sus hijas, llama por segunda vez durante nuestra visita sin que Inés le adelante nada del encuentro.

 

Aquella estadía, alumbrada por un cielo que iba ya cerrando, fue una visita de esas que dejan huella, sobretodo por la personalidad de esta agradable mujer que nos dio enseñanzas de humildad y sencillez, que pasó de la opulencia a administrar cualquier peso que le entra de alguna renta, que pasó de los muchos viajes aéreos a caminatas por pleno centro de Medellín y sus recovecos,  adornada a veces de sus clientes, como llama ella a indigentes que siempre le hacen fila por algún dulcecito. Una mujer que agradece a Dios su actual condición económica un poco más modesta, para desapegarse de cosas que realmente no son esenciales ni valen la pena. Que nunca miró por encima del hombro, pero gusta de darse democráticas caminadas por pasajes comerciales. “No quiero volver a esa vida”, dice ella, “solo me quedan recuerdos, sigo aparentando tal vez ser una mujer rica”.

 

La verdad es que Inés es rica, no lo dudo. Hoy la vida le devolvió dos de los 20 álbumes que sacó de casa en 2001, pero más que álbumes, ella espera que su hijo Juan Rodrigo deje ver su rostro y su sonrisa de nuevo, la que dejó plasmada en el álbum, un álbum perdido y encontrado, un álbum que quedó en mi memoria. A Marta y Jassón les tocará comprar otro álbum, porque este ya no es de ellos, ya no es mío. Me tocará visitar antigüedades y galerías en busca de más personajes como Inés, me tocará seguir caminando esta y cualquier otra ciudad en busca de sonrisas. Amén.

 

-Rodrigo, Maria Luz, Maria Inés, Clemencia en brazos, Juan Rodrigo

-Imagen de doña Inés en compañía de don Fernando Gómez Martínez y su hija Pilar Gómez 

-Juan Rodrigo. Inés no lo ve desde la muerte de su padre

-Foto de Inés tomada del álbum, tomada por Castro en el Poblado

-Aspecto actual de Inés Helena Hernández

-Inés Observa el álbum en compañía de Marta