RenuéBanos Señor
Agosto 30, 2008 Ortográficas Sin ComentariosTexto exhibido en una chaza de ventas en la calle Maturín, bajos de la línea B del Metro.
Texto exhibido en una chaza de ventas en la calle Maturín, bajos de la línea B del Metro.
Una modelo da la bienvenida a octubre en un almanaque del 78 de Goodyear, unos tenis Atomik acompañan mi alegría en el Parque Norte al lado de las sombrillitas, unos Forché casi extintos, un overol del Chapulín Colorado, el viejo símbolo de Inravisión congelado en un televisor Hitachi, monocromático con cubre pantalla azul para que parezca de color. Son algunos extractos de ver por enésima vez mi álbum personal, un escaparate de imágenes de esas que se van difuminando con el crecimiento.
Cuando veo un álbum ajeno, es mi costumbre voyeurista, ver más allá de lo evidente, ver más allá del foco central, de la cara festiva, del peinado de Alf, de la bomba (peinado) de mi mamá; me gusta ver más allá de risas y velas, de flores que adornan orejas, de poses de colonizador al lado del bus (con el pie sobre el bómper), de la casa o del tren o del eterno Studebaker.
A mí me gusta ver los otros en las minifotos de Junín, esos que entran a los álbumes sin invitarlos, pero que quedaron congelados porque pasaban por el Club Unión, mientras en el María Victoria exhibían Marcelino Pan y Vino y yo posaba con gafas de carey peinado por Juanita, mi abuela.
Me gusta ver el Simca mil y su placa negra adornado de una valla de Naranja Postobón y de cigarrillos Imperial, me gusta mirar el calzado que usan los posantes, ver mis Croydon azules o unos de cuero tipo posguerra que no sé cómo los acepté.
Ver una botella de Kolkana olvidada o de gaseosa Lux, ver lo que comúnmente no se mira, asomarse en las esquinas de la foto, mirar el que quedó mocho, observar estampados, ver que en los setentas no se usaban colores primarios, ver que una paloma quedó montada sobre otra en algún parque de otra ciudad.
No sólo digerir el texto de la imagen, sino su contexto visual, deducir a qué horas fue y cuántos invitados eran según el número de vasos y la botella de vino Moscatel al lado. Ver más allá de lo denotado me provoca más interés, más análisis, más risas. Me pregunto qué será de los otros, aquellos caminantes anónimos a quienes el flash (o el magicubo) los detuvo, qué edad tendrán hoy o si ya sólo existen en mi álbum.
Es dar una segunda mirada, una que nos deje ver el mundo real y cómo fue, una que nos muestre despeinados o desnudos en una bañera inocente, una segunda mirada que nos haga reír, que confirme que nuestro pasado sucedió alegre; una segunda mirada que nos haga jugar y adivinar con referentes visuales, que nos haga recordar y volver a oler el momento, que nos traiga la grabadora con el REC anaranjado, que nos haga volar en SAM por el pasado, que nos haga sonrojar, que nos haga evaluar.
Los álbumes son mundos de alegría, de fiesta perenne, de rumbas perpetuas, de cumpleaños diarios, de comuniones seguidas, de edades ideales, de calvicies ausentes. Ver el álbum familiar es un ritual de iniciación para algunos; un ritual que invita al iniciado a entrar en el grupo de amistades valiosas para la familia, se le entrega al recién amigo con el mismo protocolo de quien entrega la bandera en un funeral militar, se debe ver siempre en la sala y pasar las páginas acompañado de un jugo casero de tomate de árbol.
A los álbumes de familia hay que verlos todas las veces y cada vez, buscar lo nuevo que tiene para decirnos, hay que darles una segunda mirada y ver más allá de lo evidente.Y para los que saben que recojo cartas de amor del suelo… Sí, también recojo fotos de vez en cuando…
Sí señor, hubo quórum en las líneas primarias de energía dos cuadras debajo de la Avenida Juan del Corral.
Toda la bancada voladora uribista estuvo presente y sorprendió la presencia de dos palomas del Polo quienes ya habían anunciado la no asistencia al libre recinto. Las votaciones van enfocadas a la aprobación de cuatro líneas ideológicas… bla bla…
Palomas en cables de transporte de energía, me sorprendió que todas miraban a la derecha y solo dos para la izquierda, iba en mi moto y tocó parar.
Hablando de lluvia existen varios niveles a saber:
En la imagen: Borrasca en el patio central de la Alpujarra, en plena feria de artesanías. Artesanos que se vieron afectados en ventas y en la mercancía como lo muestra la segunda imagen.
¿Qué se hicieron los infantes que chupaban y mamaban las mieles de la madre? ¿Para dónde se fueron a jugar que ya no los veo transportar teteros? ¿Qué se hicieron las edades mozuelas inocentes de tanta mentira, de tanta verdad? Estos berriondos ya nacen aprendidos, conectados a un computador, nacen dentro del video juego. Ya no son ignorantes, saben más que sus padres, en mounstruos intelectuales se han convertido.
¿Qué se hicieron los que jugaban con bolas, con taquitos de madera, con crayones y con pintelas? ¿A dónde fueron a parar las mentes vacías ativas para aprender? Ya nacen imponiendo, exigiendo atención, ya no se les puede dar la pela, ya no se les puede dar con verbena. Ya no chupan teteros sino que ponen tutelas, nacen agremiados, manipulan y se ríen.
Estos pelaos ya no son nuestros y nosotros ya no somos de ellos. Estamos en otro estadio de la historia. El mundo aún no es de las máquinas, las máquinas son de ellos.
En la imagen: Carrito de bebé adaptado para las ventas ambulantes, una tendencia nacional. Me pregunto, ¿quién sería el primero en imponer esta tendencia? - Amagá, Antioquia.
Niños a bordo. Asi avisa esta chiva, el público y ruta para dar la vuelta al parque en Santa Fe de Antioquia.
Pilas va sin plata para el municipio de Salento en el Quindío. Que conste que le estoy advirtiendo, no vaya sin plata que se muere antojao. Aquí, una muestra de algunos carritos para empujar, mejor dicho, pa entretener al chino mientras se gasta la plata en bellas y variadas artesanías. Las mismas casas parecen hechas con delicadeza por artesanos.
Crónica publicada el 20 de mayo de 2007 en Generación de El Colombiano

Digan güisqui…
… y entonces todos tratan de sostener por segundos extensos, una sonrisa por entero forzada a la espera de ser heridos en los ojos por pequeñas explosiones, participando todos de un ritual que deja ver nuestra verdadera misión en la vida: ser felices.
Ver un álbum familiar es ver el de otros miles, sólo que con rostros distintos, pero todos obedeciendo un ceremonial latente en nuestros inconscientes. Muchos rinden una veneración especial que me inquieta, ante objetos en particular: qué álbum no exhibe un espejo destellante adornado de un rostro quinceañero, qué galería no resalta el carro de turno partícipe de paseos populares, qué mamá no capturó el triciclo metálico al lado de su hijo; ¿o es al contrario todo ello?
Más rituales se cuelan en los álbumes…
Teléfonos que tutean apoyados en orejas infantiles (el teléfono debe ser de cordón espiralado, no inalámbrico), bañeras que cargan muchachitos, perros de ojos rojos al lado de sus dueños, niños con roles de súper héroes exhiben vestuarios sin poderes. No falta la foto también, de algún integrante de la familia al lado del nuevo equipo de sonido o del nuevo televisor, o familiares vivos enterrados en la playa, no falta la exhibición de copas o de cervezas o el cuchillo hiriendo la torta. Es que es el lugar, es la celebración, es el encuadre, es el objeto, todos ellos parte del culto inconsciente, rituales que seguimos obedientes.

O sinó…
Por qué no podemos quedar tristes en las fotos, por qué no despeinados, por qué no el registro de nuestra varicela si esa es nuestra hermosa realidad (reiríamos copiosamente), por qué no puede quedar el pote de champú al lado del postre como resaltaba Beatriz. Cumplimos rituales, imaginarios sociales, convenciones explícitas.
O entonces…
Por qué estamos siempre felices en las fotos, por qué todos alrededor de la torta en el centro de la imagen, ¿no es el niño pues el que cumple cinco años?, por qué la foto al borracho pintado, por qué llevan muchas veces los rostros a la mitad del encuadre.
No faltan las fotos chupándose el dedo estando ellas, en la cocina desprevenidas, o de nosotros bajo grandes construcciones y monumentos, al lado de palomas sin nacionalidad, apagando velas tercas (esta foto se repite hasta que quede “bien”), no faltan las fotos rasgadas que dejan entrever un amargo recuerdo masculino.
El ritual de la utopía
Nadie posa en un velorio ¿o qué álbum familiar registra el dolor? Tal vez lo hagan los cronistas visuales, documentalistas de la historia que retratan el palpitar humano con sus nacimientos y partidas, que revelan dramas humanos para ver la realidad como la pintó Picasso (Por delante y por detrás). En cambio el álbum familiar conserva la realidad última imaginada, la de la felicidad, la de la perpetua tranquilidad sin vacilaciones de lo porvenir, conserva la eterna juventud, conserva las estéticas comúnmente aceptables. Tal vez por miedo al olvido, a la desaparición total de nuestros seres ausentes, a la muerte última que es la ausencia de imagen alguna, tenemos miedo a que nuestra niñez no haya transcurrido, a que la imagen mental desaparezca.
Otros álbumes
Pequeños e itinerantes, son las billeteras. Allí el ritual para unos, es coleccionar rostros 3×4 de los ex novios como botín de cacería adolescente (al hombre no le dejan cargarlas). Se lleva allí también el proceso de crecimiento de los hijos, la imagen del amigo finado, de la madre ausente, más otra larga lista de imágenes en plano entero y plano busto de toda la corte celestial de primer orden.
Yo que identifico rituales en álbumes ajenos, no me había percatado de un ritual personal hasta que Diana Henao amiga mía dijo… “TAN POSUDO, pero miralo pues”. En todas las fotos posaba cual modelo de catálogo infantil y es que no había caído en la cuenta de que yo posaba desde niño. Saluden al pajarito: ¡clic!
…Aquí llevo a cuatro, pero a veces llevo hasta a cinco… Me comentó él cuando paralelo iba en mi moto.
En Moravia, antiguo basurero público de Medellín, hay gente que le pone buena cara a los ritmos cotidianos. Es medio día y este transportador, padre responsable de sus hijos, les lleva a su destino sagrado, la escuela. Algunos dirán “qué pacao”, pero ellos simplemente ven su diario vivir.
Pienso a veces, y me río de ello, cómo los padres se afanan en comprarle a sus hijos incapaces aún de caminar, juguetes de grandes marcas y costosos, cuando se entretienen ellos con cualquier caja de cartón con una pelota por dentro que haga bulla. Con cualquier chilango, camisa o trapo viejo se hace alegría. Con cualquier caja o celofán que haga bulla se entretienen ellos.
Nada de “pobrecitos”, “qué pecao”, todos tenemos la capacidad de sacar del sombrero risas y sonrisas. Pesar del que se autodenomina miserable. Para quienes no hayan leído la crónica El baúl de los juguetes…
Ciudad Bolívar, tierra donde los colores del trópico pasan su vacaciones. Descienden de un sol fulgurante y se cuelan por entre los retazos de espacio que dejan las ramas de los samanes*.
Su parque, esplendoroso recinto de niños y de miradas ancianas, alegres, prestas a la vida. Allí retozan los ánimos juveniles, allí se recrean las frutas con sus nuevos dueños, allí descienden las sombras para reposar en su piso anfitrión.
Ciudad Bolívar, otro destino del Suroeste Antioqueño para visitar.
Al comenzar mi clase de Comunicación Visual, Camilo curiosamente me preguntó: ¿Profe, no le da miedo tomar esas fotos tan terroríficas?. Mi alumno se refería a las imágenes que publico en mi blog. He de decir que los adjetivos que usan las personas hablan mucho de lo que tienen dentro, por eso me impactó más que la pregunta, el calificativo de “terrorífico” a unas fotos que simplemente reflejan la vida en barrio, los ritmos del centro, la lluvia verdadera o la realidad de las cosas simples.
La pobreza es un estado mental y no una condición económica, la fealdad es una etiqueta personal según la mirada del individuo. Si mis fotos se enfocan principalmente en ambientes populares como el centro de Medellín o el cordón de barrios fundados por el desplazamiento y la violencia, es porque allí encuentro sonrisas inocentes sin vicios mercantiles, porque encuentro cocinas recursivas y colores varios en fachadas reservadas. Visito esos barrios altos porque encuentro ropas que bailan al son del viento en un caluroso día.
Historias humanas son las que registro en mi bitácora de vistas y letras, un diario que hoy me tiene mucho más feliz de lo que permanentemente soy junto a los que me rodean. Son imágenes de una belleza ignorada, realidad de sancochos y descansos de lucha. Es la belleza de la vida sin siliconas en el alma.
Imagen tomada en la calle Boyacá, al lado de la Iglesia Nuestra Señora de la Candelaria. Calle donde pululan, decenas de ventas ambulantes “Ya casi fijas”. Una calle que me encanta transitar, por las sorpresas que encuentro cada día. Venta de instrumento para cortar frutas, verduras y horatilzas para la buena presentación de ensaladas.
Justo detrás del Hotel Nutibara en Medellín, esta “Pirámide” de basura reposa muy oronda, desperdigada por este separador vial. Si Bogotá tiene problema con sus sempiternos huecos, Medellín inicia su carrera “maluca” con las omnipresentes basuras.
La responsabilidad de este problema tiene varios matices: Los indigentes que en horas de la noche, desgarran las bolsas, cual teguas haciendo un legrado, para sacar las comidas vinagres y podridas y rescatar algún material para el bazuco. La percepción que tenemos varios, de una disminución en el personal de escobitas haciendo aseo. El descaro de los comerciantes que sacan la basura en días y horarios que no corresponden. La cochinada de algunos ciudadanos que de aseados, educados y con conciencia urbana, pocón pocón.
Añoro esos tiempos que que tomábamos aguapanela en Tacita de Plata y no en ponchera pordiosera.
Color: reflejo de la luz, alma de la materia, substancia del aire, alegría del ojo, vida percibida, lúdica del creador, palpitación del universo, comunicación de lo inerte, alegría y vida de mis ojos.
Santa Fe de Antioquia
No se me aburra como el manco muchachito de la foto, pálido, cachetón y ojeroso. Le recomiendo más bien cinco libros para leer.
La imagen fue tomada en uno de los locales comerciales en Carabobo.
Conozco dos amigos, uno de ellos muy orgulloso para decir que se aman con amor hermano. Conozco dos amigos que la distancia no mella en la relación. Conozco que se llaman y juegan como cuando eran mozuelos coquetos en busca de dama.
Parecen cachorros hijos de la misma leona, jugando con sus garras, mordiendo de mentiras, luchando, siendo ellos. Parece que se pelean pero simplemente es la vida de dos machos queriendo ser el alfa.
Conozco un par de amigos, montañeros ellos, de corazón templado y trasparente, que se extrañan y se quieren, que abonan de a pedacito con cada llamada, se preguntan, se bromean. Verlos a ellos, es ver dos piernipeludos disfrazados de hombre, sonriendo, extrañándose.
Así serán mis amigos, como la amistad de ellos, con almas de adolescente y ropas ejecutivas. Así serán mis amigos, sin que la distancia raje el filo. Así serán ellos, eternos aún en las diferencias con que nos pintó el creador. Esos opuestos pensamientos nos harán más ricos y en las plenas disputas nos donaremos sonrisas, seremos nosotros y seguiremos viviremos como hermanos.
La amistad nos hará sentir por siempre niños. Dedicado a dos amigos que conozco.
En la imagen: Gobelino enmarcado al interior de un hotel en el municipio de Cañas Gordas, Antioquia.